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Saturday, November 7, 2009

FRANCISCO MORÍN POR MONTES HUIDOBRO.

En la foto Matías Montes Huidobro.

FRANCISCO MORÍN: POR AMOR AL ARTE


por Matías Montes Huidobro

Cuando el 25 de agosto de 1949 Luis Amado Blanco, asiste al montaje que hace Francisco Morín de Laboremus del dramaturgo noruego Bjoenstjerne Bjornson, afirmó que Morín fue “por esta noche –su gran noche, sin duda alguna- algo más que un director. Fue un artificio teatral, que en renuncia de lo fácil, se entrega a la difícil colaboración con los valores internos del drama. La composición escénica, el gesto, el ademán, el ritmo, el movimiento, se cuidaron hasta el virtuosismo. Hasta tal punto y medida que es justo pensar que jamás el teatro entre nosotros alcanzó tan alto rango creador, en trabazón armónica con las raíces literarias de la pieza. Aquel, su irreal movimiento de las figuras...; aquel apasionado decir, sin elocuencia; aquel dar y contenerse, nos abrieron todas las perspectivas de la artística circunstancia, nos la entregaron como hay que entregar una obra literaria cargada de sugerencias, donde se deja al espectador la última y cabal palabra dramáticas... Pocas veces hemos salido de nuestros espectáculos de arte tan rotundamente satisfechos como esta noche en la que Francisco Morín se aupó a una indudable categoría de director, soberbiamente preparado para las grandes empresas del arte de Talía”. Modelo de análisis crítico, nada mejor que tomar estas palabras de Luis Amado Blancocomo punto de partida, porque el no se estaba refiriendo solamente a la memorable noche de Laboremos sino a la ulterior contribución que Morín haría al teatro cubano, su virtuosismo, a partir de la composición escénica, gesto, ritmo y movimiento, irrealidad y magia, dar y contenerse, que ha sido la marca de fábrica de su trayectoria escénica.


Mis vínculos con Morín se remontan a más de medio siglo cuando se celebró en el Parque Central una temporada teatral en una precaria caseta que había quedado allí con motivo de la celebración de Feria del Libro. Fue realmente una verdadera locura teatral que da el tono medular de lo que es hacer teatro y que Morín revive en su libro Por amor al arte. No dejó de tocarme la magia teatral, que en las más difíciles circunstancias, recreaba Morín noche tras noche, a veces entre telones de gasa con los cuales cubría la boca del escenario, y que sentaba las bases del acto ritual que era el teatro. En ese momento, Silvano Suárez y Rine Leal fueron mucho más arriesgados que yo, aventurándose con unas piezas en un acto, La máquina de sumar y Desde adentro, respectivamente. Mi aprendizaje consistía también en asimilar el trabajo, incluyendo físico, de un obsesionado por el teatro, que era otro rasgo del cual Morín dejaba constancia.

Al mismo tiempo, como Morín dirigía la revista Prometeo, otra de sus mayores contribuciones, a través de la misma convocó a un concurso de teatro, y participo en el mismo con un texto muy disparatado, no menos alucinado que aquella locura escénica en que Morín nos había metido, Las cuatro brujas, que se declaró desierto, pero al que le dan, generosamente, mención honorífica. El hecho de que no se me otorgara el primer premio, sirvió de acicate para que yo volviera a las andadas en la convocatoria del año siguiente con Sobre las mismas rocas, asumiendo Morín la responsabilidad, para bien o para mal, de haberme inyectado el virus escénico, y fiel a sus compromisos la llevó a escena el año siguiente, y entregándome, además, un trofeo, que atesoré por muchos años, hasta que el castrismo me lo quitó de las manos, quizás para traspasárselo a Paco Alfonso, que nunca le perdonaría a Morín que no le dieran el premio y que un autor desconocido de apenas veinte años se lo llevara, yendo a verlo el día del estreno, tirarle las orejas y posteriormente atribuírselo deshonestamente en el Diccionario de Literatura Cubana.

Quisiera señalar y ahondar brevemente, ya que es una experiencia de primera mano entre director y dramaturgo, en lo mucho que representó para mí aquel montaje, que fue como una ceremonia ritual, que quedaría asociada también con Yara, a la que había conocido no hacía mucho y que me acompañaba por primera vez a una misa en escena que era el sello característico de los montajes de Prometeo, y al mismo tiempo darle personalmente las gracias por el privilegio de que llevara mi primera obra dramática escena.. De esta primera memoria del espectáculo queda la magia de Morín, fija en el recuerdo, que con el teatro totalmente a oscura creó una bóveda celeste que nos transportaba, a los personajes y al público, hacia una galaxia, donde se escuchaban las grabaciones de las voces de los personajes. Respetando escrupulosamente el texto, sin perder nunca de vista el espíritu que lo animaba y las bases metafísicas que los contenían, no hizo otra cosa con enriquecerlo dentro de “una cámara negra” donde suprimió innecesarias referencias escenográficas, eliminando toda utilería que lo entorpeciera y concentrándose en las relaciones espaciales y de contenido que la obra sugería. No digo esto con el propósito de hablar de Sobre las mismas rocas, sino del trabajo de dirección de Morín, que conocí de primera mano, y revivirlo en este encuentro porque creo ser el único, como dramaturgo, que lo vivió directamente entre los aquí reunidos, dejando constancia, desde la perspectiva del autor, de cómo Morín trabajaba el espectáculo.

Era la época en que los directores respetaban el texto, sin hacer que los críticos responsables tuvieran que leer la obra antes de reseñarla para delimitar la autoría de lo que estaban viendo. Esto no excluía que el sello del director estuviera definitivamente presente gracias a la coreografía del montaje que lo visualizaba, sin adulterarlo ni traicionarlo. De esta manera el director, en este caso Morín, recreaba lo creado sin crear otra cosa pero dándole el sello único de su propio trabajo. La libertad del director tenía lugar en plena correspondencia con el espíritu del autor, complementándose. La secuencia final de mi obra en la cual se exigía el desdoblamiento del protagonista en tres sillas de ruedas que giraban en escena bajo un foco de luz, hizo que Morín, superando todas las limitaciones luminotécnicas con las cuales tendría que enfrentarse, incluyendo en particular la falta de dinero (porque Nuestro Tiempo, que era la sociedad cultural de filiación marxista donde se hacía el montaje, no daba ni decía donde hay); lo redujera a una linterna en las piernas de los tres personajes en las sillas de ruedas que iluminaban los rostros de los mismos en medio de la oscuridad y avanzando hacia el proscenio creaban, puro expresionismo, una franca transferencia metafísica como si viajáremos por el cosmos. De más está decir que para mí fue una noche maravillosa, como si Gordon Craig o Max Reindhart la estuviera dirigiendo, un acto ritual, una misa en escena, que me daba la medida de la clase de director que era Morín, y me trazaba el camino por el acto ritual que es el teatro.

Este virtuosismo se va a poner de manifiesto en múltiples montajes, sobresaliendo entre todos el mítico caso de Electra Garrigó de Piñera, pero sin duda el de Las criadas de Genet, en la Asociación de Reporters, a mitad de los años cincuenta, en teatro arena, es uno de los momentos claves de la escena cubana, de un lado por su manejo del trabajo de los actores, en impecable coalición entre los intérpretes (Miriam Acevedo, Ernestina Linares y Dulce Velasco) en el cual la conjunción entre texto, intérpretes y dirección, dejó un impacto único entre los dramaturgos cubanos que nos formábamos en ese momento. Es Morín, precisamente, quién nos introduce en “el teatro de la crueldad”, sello dominante en el movimiento de vanguardia y resistencia estética de los sesenta, del cual nunca nos liberaríamos, asediados por nuestras circunstancias. El propio Morín va a confirmar en este punto la esencia de su trabajo de dirección, y nos dice: “El valor que daba al trabajo con los actores lo ponía por encima de cualquier otra consideración, y fundamentaba este trabajo, sobre todo, en la revelación de los contenidos esenciales del personaje”. Este principio de la “camara negra”, que repetirá una y otra vez, eliminando toda parafernalia inútil, para concentrarse en lo esencial, en la médula ritual del arte dramático, será el sello que va a distinguirlo, de lo que podría llamarse “un teatro pobre”, sin grandes recursos y por amor al arte, que es lo que le da al teatro una característica ceremonial única.

Será Morín quien nos lleve de la mano por un extenso repertorio de la dramaturgia mundial a través de montajes innovadores, un verdadero aprendizaje escénico no sólo por el entrenamiento de actores y actrices bajo su dirección, sino para todos los restantes participantes del movimiento teatral, incluyendo los dramaturgos, gracias a un repertorio que trascendía lo vulgar y las modas teatrales, que incluiría, entre otros, Los habladores y El viejo celoso de Cervantes, Dialogo entre el amor y un viejo de Rodrigo de Cota, El paso de las aceitunas de Lope de Rueda, El candelero de Alfredo de Musset, El avaro de Moliere, Orfeo y Antígona de Jean Cocteau, La más fuerte de Strindberg, La zapatera prodigiosa y El amor de don Perlimplín con Belisa en su jardín de García Lorca, La Gioconda de Gabriel d’Anunnunzio, Los endemoniados de Eugene O’Neill, Llama viva de John Steinbeck, Los fanáticos de Carlos Coccioli, Los inocentes de William Archibald, Delito en la isla de las cabras y La reina y los insurgentes de Ugo Betti, Proceso de familia de Diego Fabbri, La endemoniada de Carl Schoenherr, Sangre verde y El abismo de Silvio Giovaninetti, Petición de mano, El aniversario y Sobre el daño que produce el tabaco de Antón Chejov, Réquiem por una monja de William Faulkner, La intrusa de Mauricio Maeterlinck, El mancebo que casó con mujer brava de Alejandro Casona, El mal corre de Jacques Audiberti, El difunto Sr. Pic de Peyret Chappuis, Medea la encantadora de José Bergamín, Rencor al pasado de John Osborne, Carina de Fernand Crommelynck, La ramera respetuosa de Sartre, La hermosa gente de William Saroyan, Calígula de Albert Camus, El día que se soltaron los leones, de Emilio Carballido, Ángel Negro de Nelson Rodríguez, Mi bella dama, de Alan Jay Lerner; Edipo de Sófocles, y entre los cubanos: Abdala y Amor con amor se paga de José Martí, El cristo de Jorge del Busto, Capricho en rojo de Carlos Felipe, Electra Garrigó, Jesús, Falsa alarma y Dos viejos pánicos de Virgilio Piñera, El vivo al pollo de Arrufat, Medea en el espejo y La muerte del Ñeque de José Triana, La hija de las cotorras de Federico Villoch, La danza de la muerte de Fermín Borges, La última conquista de José Cid, Bruno y Huida de Alberto Guigou, Los perros jíbaros de Jorge Valls, y otros más, incluyendo Sobre las mismas rocas, Gas en los poros y La Madre y la Guillotina de Matías Montes Huidobro.

Me he limitado a sesenta montajes, como si después de Laboremus, durante sesenta años, se hubiera planificado desde el estreno de la obra del nórdico, un montaje por año, aunque no precisamente en el orden y concierto que he indicado. Séneca decía, más o menos, que la vida no es corta, pero que frecuentemente la perdemos entre no hacer nada, y hacer lo que no debemos. Nada peor que perder el tiempo. Sirva la vida de Morín como ejemplo de lo que debe hacerse para no perderlo, como si aquel “laboremus” del año cuarenta y nueve hubiera sido un acicate que moldearía su conducta, fuente de energía que en círculos concéntricos se fuera trasmitiendo entre aquellos que tuvimos el privilegio de recibir su impacto. Sirva todo lo expuesto para dar una idea de una dedicación al teatro que no se puede resumir en tan poco espacio y que confirma el virtuosismo escénico que mencionara hace sesenta años Luis Amado Blanco. La entrega del Premio Extraordinario 2009 del Instituto Rene Ariza no es más que una sencilla muestra de agradecimiento por su amor al teatro.

Wednesday, November 12, 2008

Monge Rafuls en el teatro del Exilio.



Foto: Mario García Joya. Pedro Monge Rafuls. En la noche del premio.











Foto: Mario García Joya.

Matías Montes Huidobro.



PEDRO MONGE RAFULS

por Matías Montes Huidobro

Quisiera agradecer en primer término a la Fundación René Aríza el privilegio que me otorga una vez más al poder decir unas palabras con motivo del reconocimiento que se les hace anualmente a los escritores que han hecho, ya sea en su capacidad de dramaturgos o de críticos, un aporte significativo a la dramaturgia cubana del exilio. Como en el caso de José A. Escarpanter y Julio Matas me corresponde ahora destacar de una manera somera los valores de la labor realizada por Pedro Monge Rafuls a quien se le otorga el Premio René Ariza de este año.

De una forma panorámica habría que destacar, de un lado, su contribución en el campo de la divulgación de esta dramaturgia internacionalmente, particularmente mediante la labor editorial que ha venido realizando a través de Ollantay, y en segundo lugar su propio trabajo como dramaturgo.

En 1993 comienza la publicación de Ollantay, donde aparecerán obras de autores de diferentes nacionalidades pero que incluirá también autores cubanos de la diáspora, iniciándose con una pieza de Manuel Pereiras García publicada en inglés. Posteriormente, en 1994, Madame Camille, escuela de danza, de Héctor Santiago; en 1995, En este apartamento hay fuego todos los días, de la que es autor; en 1997, Oscuro total de Matías Montes Huidobro; en 2003, El vestido rojo, de José Corrales; en 2006, Algo cayó del cielo, de Hedí Díaz Souza, y La infanta que quiso tener los ojos verdes, de Eduardo Manet; en 2007, Noche de ronda, de su autoría. También Rehenes de José Abreu Felipe, textos de Lorenzo Mans y seguramente algún otro dramaturgo cubano que no he mencionado. Ollantay publica además dos colecciones importantes: Teatro: cinco autores cubanos, donde aparecen Fefu y sus amigas de María Irene Fornés, escrita originalmente en inglés; Las monjas, de Eduardo Manet, que finalmente se publica en su lengua original después de un exitoso recorrido en francés y otros idiomas; Balada de un verano en La Habana, de Héctor Santiago. El otro libro de particular importancia, con prólogo de José Triana, es Manuscrito del tiempo, que incluye piezas de Piñera, Parrado, Ferrer, Estorino, Matas, Montes Huidobro, Triana, Corrales, de Cárdenas, Monge Rafuls, Dorr, Duarte y Cano.

Ollantay ha sido además un importante vehículo crítico para dar a conocer a niveles internacionales el producto de la dramaturgia cubana del exilio con entrevistas y contribuciones de numerosos intelectuales cubanos. Si bien la revista no está dedicada exclusivamente al teatro cubano del exilio, y muchos de sus artículos están escritos en inglés, el hecho de que estos ensayos aparezcan en el contexto más amplio de otras dramaturgias, amplía el marco ya que obliga a que este teatro sea visto como parte de espacios internacionales dentro de los cuales el exilio cubano ha sido sistemáticamente excluido, y otro tanto podría señalarse respecto al idioma. De acuerdo con mi experiencia personal, quizás esta función no haya sido lo suficientemente valorada en Miami, donde la dramaturgia cubana del exilio está sujeta a sufrir heridas por friendly fire, como dicen de forma deliciosamente eufemística la lengua inglesa; pero cuando salimos a la palestra en los contextos internacionales, estamos sujetos a agresiones que pueden ser mortales. Y esto es lo que han hecho Pedro Monge y Ollantay.

Una serie de actividades emergen en torno a la revista, dando lugar a ciclos de conferencias y lecturas dramáticas con el mismo objetivo de divulgación de nuestra escena. Esto incluye un programa de teatro viajero por Nueva York, lecturas de obras que están ya en su vigésimo año de actividad, incluyendo piezas de autores cubanos jóvenes o menos conocidos, como Lourdes Ferré, Sonia Schuzart, José Pérez, Omar Rodríguez, y muchos más. A esto habría que agregar, paneles de escritores correlacionando el teatro con otros géneros literarios, y simposios que llevaron a la publicación del libro Lo que no se ha dicho.

En fecha tan temprana como 1968 tiene lugar en Nueva York, por Teatro Duo, una lectura de La muerte y otras cositas de Pedro Monge Raful, pero no será hasta 1986 que entre más activamente en el movimiento teatral con Cristóbal Colón y otros locos, con una lectura dramatizada en Ollantay Center for the Arts. Al año siguiente, 1987, tiene lugar el estreno de su monólogo En este apartamento hay fuego todos los días, formando parte del Festival de Teatros Hispanos de Nueva York de IATI. De 1989 es su comedia Limonada para el Virrey, de la cual tiene lugar una lectura en el Latin American Theater Ensemble, El Portón, ese mismo año. Solidarios (1989) es finalista del Concurso McDonalds del Puerto Rico Traveling Theater de New York; se estrena en el 1990 en el programa de teatro viajero del Ollantay, seguida de un montaje en el Teatro-Festival de Pregones, New York, 1990. El instante fugitivo se escribe y se estrena en 1989 por Teatro Duo. Easy Money (1989), en español a pesar de su título en inglés, la estrena Ollantay en 1990. Noche de ronda, de 1990, llevada a escena por The Lesbian and Gay Community Center en 1991, fue escrita con el objetivo inmediato de educar a la comunidad hispánica respecto al SIDA; otros montajes, 1992, 2003. En 1994, The TEBA Group de New York, en 1994, llevó a escena Momentos, formada por cinco obras breves: La solución, No hay mal que dure cien años, Soldados somos y a la guerra vamos, Las lágrimas del alma y Consejo a un muchacho que ha empezado a vivir. Recordando a mamá es del 1990 y se estrena en Bogotá en el 2004. La oreja militar, de 1993, se estrena en el 2001 en Buenos Aires, teniendo lugar una lectura dramatizada en Lima en el 2005. Y todo por un cochino pedazo de papel verde, una obra corta, sube a escena en 1998 en New York con motivo del centenario de la Guerra Hispanoamericana. Una cordial discrepancia (1996) fue estrenada en el XLII Congreso del Círculo Panamericano en el 2004; la misma producción fue presentada en el Graduate Center, City University de New York ese mismo año. Pase adelante si quiere es un monólogo que se estrena en el 2006 por Teatro Estudio Internacional, bajo la dirección del autor, producida por Teatro Estudio Internacional; una lectura previa tuvo lugar por el Latin American Theater Ensemble, en 1999. Han tenido lugar lecturas dramáticas de Nadie se va del todo (1991) Las lágrimas del alma (1994), en Los Angeles, en 1997 durante el Festival 97 del Cuban American Cultural Institute; Se ruega puntualidad (1995) en Perú, en el 2005; Madre sólo hay una (1997) en El Porton del Barrio, Julia de Burgos Cultural Center, New York, en el 2004; Simplemente Camila (1999) por Latin American Theater Ensemble (1999) en 1999.

Es obvio que dada la amplitud de su dramaturgia, no me será posible abarcar en esta presentación las múltiples proyecciones de la misma, que paso a resumir del siguiente modo. Cuba es el punto focal de su teatro, sin quedarse por ello limitado al espacio geográfico de la insularidad, sino que se nutre también por el proceso traslaticio de la historia cubana, que sin perder el cordón umbilical con el país de origen mantiene su vigencia en el medio vital de la propia experiencia de Monge, reubicando un identidad y una posición histórica bien definida, en el espacio newyorkino que le toca vivir como consecuencia de la historia.

Sirva de ejemplo Recordando a mamá. Esta breve pieza de Monge Rafuls se desarrolla en una funeraria de Queens, New York, donde se encuentra de cuerpo presente la madre de Alberto, de unos cincuenta años, y Aurelia, más o menos de la misma edad, ambos solteros. Tanto el uno como la otra son dos vidas destruidas, frustradas, que ante el cadáver de la madre reconstruyen las relaciones que sostuvieron con ella y el carácter de la misma, despótica e incapaz de comprenderlos, que establece una relación de amor-odio entre los personajes. Esa falta de unión basada en la discordia familiar, en la “mejor” tradición de la familia cubana en nuestra escena, se extiende a los dos hermanos, que no se llevan muy bien. En este sentido, la obra mantiene una relación de continuidad con elementos caracterizadores de nuestra temática dramática, ajustados ahora a las circunstancias del exilio. Del conjunto de reproches que se hacen unos a otros, emerge la figura de la madre como personaje ausente, y por extensión Cuba, que entra en escena, sin que ella represente una incorporación idílica y simplemente nostálgica, sino una presencia dentro de una crisis dramática que se lleva ahora a escena en el ámbito del exilio, específicamente en Nueva York. El concepto del allá y acá, del antes y el ahora, es el péndulo que determina el desarrollo de la pieza, particularmente con respecto a la madre, que viene a ser el núcleo hacia donde converge la acción. Es también, Cuba. “Lo mismo, siempre la misma obsesión. Cuba, Cuba. Todo lo de Cuba era lo mejor”. (260).

La traslación espacial que representa irse de Cuba da lugar un proceso de distanciamiento donde la memoria y el olvido entran en contrapunto. A medida que nos alejamos, temporal y cronológicamente, la memoria nos fija en el punto de partida, que a su vez está luchando con el olvido. Perdido el objeto de deseo (la Cuba insular) el cordón umbilical que no se corta lo fija al otro extremo (la Cuba trashumante) y lo mantiene obsesivamente en la cabeza. Pero en esta trayectoria, la memoria se fija y se distorsiona, creando una tercera realidad. Además, se crea una memoria regresiva que muchas veces vuelve al punto de partida, y “toda Cuba de ayer” es mejor que cualquier Cuba, como ocurre en la madre, el personaje ausente de Recordando a mamá. Y sin embargo, uno sigue viviendo sin perder la identidad en contextos vitales de los cuales también formamos parte.

Este hecho es factor determinante de la dramaturgia del exilio, con sus consecuencias temáticas y formales, aunque con variantes significativas que distinguen a los dramaturgos que forman parte de ella. Cada uno reconstruye a su modo y manera.

Podría decirse además, que la dramaturgia de Monge funciona dentro de dos discursos. De un lado el de las dos orillas y del otro el discurso homoerótico.

Nadie se va del todo se encuentra entre las piezas más efectivas del tratamiento del antes y el ahora, el allá y el acá al que nos hemos referido previamente, de mucho mayor alcance que recordando a mamá. El acierto está en la conjunción de ambas vertientes espacio-temporales, que no tienen línea divisoria. “La acción en el escenario sucede en el Central Zaza, en Nueva York, en La Habana y en Miami, pero hay un solo plano. Los actores podrán –y deberán- usar la misma escenografía como si fuera un solo lugar. La dirección debe evitar por todos los medios el apagón para cambiar de escena, época o lugar, y en ningún momento debe paralizar ni debe “congelar” a los personajes. Las entradas y salidas las harán de acuerdo al montaje, pero los actores nunca deben detenerse mientras estén en escena sino que tiene que ir creando nuevas posibilidades de acción” (112). Esta idea es excelente y acrecienta el significado metafórico, donde las fronteras de Cuba se borran y forman una unidad física, geográfica e histórica. No hay apagón que separe una acción de la otra; no hay escenografía que separe el espacio insular del continental. Todos los cubanos forman parte de una unidad total y de un tiempo en que todo converge, que es el quehacer histórico nacional. Durante el primer acto, en especial, hay técnicas de acciones paralelas y superpuestas, como es el caso de la que tiene lugar entre la miliciana y Coral, en Cuba, a la que Monge Rafuls opone la del empleado de inmigración y Lula, en los Estados Unidos. Esto acrecienta la conciencia de los dos espacios, que sin embargo no contradicen la del espacio unificador. Los cambios lejos de fragmentar el desarrollo lo unifican de acuerdo con el objetivo del autor, que parece querernos decir que a pesar del acontecer histórico Cuba es una sola. Tenemos una vivencia histórica que nos ha separado pero que no nos ha dividido en lo esencial, que es el mensaje positivo del texto.

En cuanto a discurso homoerótico, la importancia que tiene Otra historia reside en que los planteamientos relativos a la bisexualidad del protagonista, que no se limita a la triangularidad de las relaciones personales, sino que se complica dentro de otros componentes culturales. A un primer nivel, las relaciones de los personajes no difieren en mucho de un triángulo amoroso tradicional. José Luis y Marina sostienen una relación de carácter permanente, caracterizada por el apasionamiento que sienten el uno por el otro. Hay un enfriamiento en la misma que y Marina sospecha que José Luis la engaña, cosa que es efectivamente cierto. Lo que ocurre es que José Luis engaña a Marina con un hombre. Se trata, por lo tanto, de un triángulo de eros común y corriente, salvo por el hecho de la sexualidad de los participantes, que Monge desarrolla con eficacia. Ahora bien, la presencia del Padrino en la obra, que es santero y firme creyente en los poderes de los dioses yoruba, va a ser el agente de la metafísica afrocubana, cuyas normas del discurso masculino traiciona José Luis, creando una crisis trascendente que va a darle a la obra una complejidad de choque cultural y de metafísica de la conducta ritual, que de no estar presente limitaría los planos de la acción dramática. Con el propósito de permear el discurso de la sexualidad de un nivel último, Monge mantiene el personaje del Padrino en escena todo el tiempo, tirando los Caracoles y tratando de descifrar un enigma que va contra los códigos de la sexualidad afro-cubana según él los interpreta. La ritualización eleva la obra hacia un plano omnisciente, porque aunque el Padrino no siempre puede leer debidamente el lenguaje de los caracoles, los caracoles en sí mismo sí saben. Esto quiere decir que se está estableciendo un diálogo inconcluso a todo lo largo de la obra, y que los caracoles, una variante del destino, son factores determinantes que intervienen en el de los personajes, cuyo libre albedrío es relativo. El conflicto de carne y hueso se eleva dentro de un ritualismo escénico que marca la acción.

    “los orishas Elegguá, Changó, Yemayá y Oshun llenan de magia el ambiente. Estarán recibiendo a los asistentes y se mezclarán con ellos, en el vestíbulo del teatro, antes que entren a la sala. Despojan a algunos individuos del público con hierbas y/o pañuelos [...] Además, un músico tocando una conga o un tambor juega con la presencia de los orishas y ameniza con cantos a Elegguá --el que abre los caminos-- u otro orisha, en determinados momentos” (51).

Estos orishas no son visibles para los personajes, pero sí lo son para el público, formando parte del “espectáculo” teatral. Monge aprovecha debidamente las posibilidades de la afrocubanía a dos niveles, uno externo, teatralmente llamativo, y otro interno, asociado con el conflicto personal, ético y telúrico, de los personajes. Por ese motivo los “orichas” deambulan libremente entre el público y los personajes, porque no están restringidos a las limitaciones del espacio “real”. Aunque los personajes “reales” se mueven de un espacio a otro con similar libertad, la mundología mágica tiene una movilidad de una naturaleza de “más allá” que imprime un sello importante a la obra, que da ilimitadas posibilidades para una buena puesta en escena y que la convierte en una pieza clave de la dramaturgia cubana del exilio.

Desde hace muchos años, exactamente desde 1973, cuando publico Persona: vida y máscara en el teatro cubano, donde proclamé empíricamente y no metafóricamente la unidad del teatro cubano a través del análisis crítico sin exclusiones basadas en insularidad y exilio, en un momento en que tales cosas no se hacían ni aquí ni en el otro lado, e inicio una larga jornada de más de cuatro décadas a favor de piezas sistemáticamente excluidas de nuestros escenarios, comenzando con La crónica y el suceso de Julio Matas, a la que le dedico el primero y más extenso ensayo escrito sobre el texto y que amplifico recientemente en el primer volumen de Cuba detrás del telón, destacando la importancia de que se lleve a escena; después, desde Hawai, con Yara, a través de Editorial Persona y Dramaturgos, con la publicación de Las hetairas habaneras de Corrales y Pereiras, y Recuerdos de familia de Raúl de Cárdenas, y en Anales literarios de la revista, en 1995, donde aparece Un vals de Chopin de Corrales; más tarde en conferencias y artículos donde persisto en la importancia de piezas como Cuestión de santidad también de Corrales y El pasatiempo nacional de Raúl de Cárdenas, todas ellas sin estrenar, y en la recientemente publicada Enciclopedia del Español en los Estados Unidos, donde incluyo otros títulos, voy configurando una antología de nuestro mejor teatro trashumante y un listado de obras que, deberían ser objeto de un montaje a la altura de las mismas y configurar un repertorio en vivo, entre las cuales Otra historia de Pedro Monge Rafuls ocuparía un lugar prominente. Ya en el año 2000, en Arizona State University, discutí las virtudes dramáticas de esta pieza en una plenaria que me permitió un análisis más minucioso del mismo. Sirva este homenaje que le rinde el Instituto Cultural René Ariza, que desde hace años ha contribuido a un mejor conocimiento de nuestro teatro, como una pauta que señala el mejor camino en una trayectoria donde Pedro Monge Rafuls ocupa un lugar prominente, y cuya obra reconoce esta noche el Instituto René Ariza.

Tuesday, January 22, 2008

Pedro Monge Rafuls: El negro en el teatro cubano.

El muerto se fue de rumba o El velorio de Papá Montero obra pictórica de Eduardo Michaelsen. Visite el enlace de La Casa Azul, Linden Lane Magazine XXVII, volumen 2, del 2007, que le dedica un merecido homenaje al pintor.

Pedro Monge Rafuls

El negro en el teatro cubano.

(Este ensayo ha sido publicado en versión breve
en Linden Lane Magazine de La Casa Azul Centro Cultural Cubano Heberto Padilla, dirigido por la escritora y poeta cubana Belkis Cuza Malé.)

Recuerdo cuando era un niño, en la década de 1950, en Las Villas,1 la provincia donde nací, había grandes prejuicios raciales. En mi pueblo, Placetas, existían dos “sociedades” exclusivas para que los negros alternaran, se llamaban El Progreso y Antonio Maceo. Además, estos no se podían pasear en el parque del pueblo por los mismos senderos que lo hacían los blancos. A la gente de color le correspondía la parte de afuera del parque. En Caibarién, la costa más cercana a mi pueblo, la playa pública estaba dividida en dos partes por una soga que iba desde la orilla hasta una balsa a cierta distancia en el mar. La mejor parte de la playa le correspondía a los blancos. Los baños y los vestidores, claro, también estaban partidos.2

La discriminación no era exclusiva de los blancos. Negros y mulatos se discriminaban también. Por ejemplo, ambos se discutían el derecho a la Sociedad Antonio Maceo, surgida, decían, debido a la deteriorización social de El Progreso.

Así es posible afirmar que la cuestión racial en Cuba es compleja. Actualmente, a principios del siglo XXI, el asunto étnico continúa siendo un factor problemático en la sociedad cubana. En la Isla, donde el gobierno castrosocialista habla constantemente de igualdad, no ha colocado a ningún negro en una posición de verdadera responsabilidad nacional en los casi cincuenta años en que este sistema subyuga a la Isla, cuando esto escribo en 2007.3 En el exilio anticastrista, los negros no han sido aceptados completamente. A pesar de esta situación, la presencia de los hombres y mujeres afrocubanos ha sido una constante y muchas veces una determinante en la vida social, política, religiosa, cultural y artística de la nación. Hay conexiones muy fuertes entre personas de las dos razas. Negros y blancos se han mezclado durante todas las épocas. Los mulatos son una prueba de este hecho innegable. Sin embargo, la vida no ha sido fácil para estas uniones mixtas. No se ve “con buenos ojos” a un blanco “quemando carbón” o sea, con preferencia por las negras. El caso contrario, una blanca con un negro, logra menos simpatías.4 Lo peor es la aceptación de muchas personas negra del concepto de “adelantar la raza” si se casan con gente blanca.

Generalmente, cuando se habla de lo afroamericano se enfoca el aspecto folclórico y/o antropológico y se deja a un lado la riqueza artística que ofrece esta cultura. Hablaré de teatro, anticipando la prejuiciada visión de muchos intelectuales y artistas, blancos y negros, de aceptar la cultura afrocubana únicamente bajo ese aspecto folclórico. En el ámbito nacional es como si no existiera una dramaturgia con esta temática a tenerse en cuenta.5 En nuestros países latinoamericanos6 no existen antologías que circulen con esta modalidad,7 distinto a como sucede en los Estados Unidos.

Esta crónica es una breve e incompleta reseña de lo que he hallado hasta el momento. No voy a detenerme en el teatro bufo y/o vernáculo, donde encontramos los negritosburla del punto 3, mencionado abajo. Estos apuntes son un llamado de atención, esperanzado en que el lector se acerque positivamente a la identidad y cultura afrocubanas la próxima vez que las encuentre en los escenarios. .

La persona de color en el teatro cubano y latinoamericano ha sufrido una represión, que se manifiesta a través de:

1. Silencio. No escribiendo ni presentando temas o personajes negros importantes en nuestra dramaturgia.

2. Estereotipo. Los personajes, cuando se escriben, no suelen tener la misma calidad humana de los blancos.

3. Burla. Por mucho tiempo la caricatura ha sido la de un tipo chabacano, siempre apegado al blanco, como superior. Interpretados por actores con las caras pintadas y guantes. Estos personajes, como los del teatro bufo, sirven para, a través de la burla, hacernos reír de los negros.

4. Explotación escénica. Se usan los personajes como “colorido”, sin desarrollarlos teatral y humanamente.

5. Pasión de los teatristas. Algunos autores y artistas tratan de aclarar la visión y el papel de los de la raza negra sobre/en la historia y la sociedad, cayendo, algunas veces, en la desvirtuación de la realidad. Parece estar más interesados en criticar y denunciar la situación de desventaja de este grupo que en hacer buen teatro.

8 Estos cinco puntos tienen varios motivos que suelen ir junto a un trasfondo de prejuicio social; además, adolecen de posibilidades para ayudar a los artistas de color a desarrollar sus talentos. La cosa se complica a la hora de llevar estas obras a la escena, si bien muchas veces es posible encontrar la causa en la poca calidad de las piezas.Cuba es el país de habla castellana donde más se encuentra representado el tema.

9 La lista de piezas en esta crónica ofrece una interesante variedad de estilos y acercamientos al tema no siempre explicadas en estos apuntes. En el futuro espero agregar más autores y obras.

10 Sin más, entremos a darle un vistazo al tema.

Las obras

En algunos trabajos se llega a la creación a través del mencionado interés antropológico. En 1939, el cuentista y novelista Carlos Montenegro (1900-1981) montó Turumi Ñaña con música inspirada en los instrumentos afrocubanos y causó sensación con la puesta en escena de un teatro masivo en la Habana. En un escenario levantado en un parque, Montenegro reunió cien negros que representaban el pueblo de las distintas tribus africanas llevadas a la Isla.11 Montenegro habló de un teatro nacional sosteniéndose en lo africano (González Freire). Otro caso es el más moderno del Cabildo Teatral Santiago. Inés María Martiatu escribe sobre él: “En obras como De cómo Santiago Apóstol puso los pies sobre la tierra, El 23 se rompe el corojo, Cefi y la muerte y otras, se ofrece una reinterpretación de la Historia. Con introducción de elementos de la cultura popular y el humor, la Historia es vista a partir de una nueva visión clasista” (78).

Pocos años después de la experiencia de Montenegro, en 1941, Paco Alfonso (1906-1989) escribe Yari-yari, Mamá Olúa, una denuncia a la esclavitud cubana. Igual a Tambores de Carlos Felipe (1914-1975), la obra comienza en África y termina en Cuba; aunque en la obra de Felipe es sólo un prólogo corto, la acción en aquel continente se asemeja a la de Alfonso en la mezcla de la imaginación surrealista cubana con ceremonias fantasiosas de la vida africana, dignas de las películas de Hollywood supuestamente filmadas en África durante la década de los treinta y cuarenta. En el prólogo de Tambores hay una fantástica presencia de África (“Joven negra bellísima; viste con pieles de animal; la cabellera suelta le llega a la cintura. Trae cetro y antorcha”, 121.) y de el alma del tambor africano (“joven negro, hermoso, fornido, semidesnudo, sentado majestuosamente en un regio sitial”, 122.). En el primer acto de Yari-yari…12 están celebrando un nacimiento y de pronto llegan los negreros, destruyendo la aldea. La última etapa del violento acto se divide en tres, una interesante concepción escénica en la época, usada antes por Juan Domínguez Arbelo (1909-1984?) ---una novedad cubana---en Sombras del solar (1937),13 del cual Alfonso había dirigido una obra en 1933. En este final del primer acto nos encontramos una de las escenas realistas más espectacular y violenta de nuestro teatro. En primer plano la aldea en llamas. “Al fondo de la escena, y en dos ángulos distintos, se verá: a la derecha, el momento de la muerte de Papa-Sambá en detalle y a Mamá Olúa que, desesperada, se inclina hacia él a socorrerlo llorosa, mientras que dos hombres blancos se le acerca y la arrancan del abrazo último…” “A la izquierda: el momento en que Mamá Olúa es presentada al jefe negrero, quien con gesto brutal, termina de desnudarla; la contempla dando vueltas a su alrededor y termina aprobando la adquisición” (37). Alfonso no logra diferenciar la técnica de la zarzuela de la del musical, tal como se conoce en el neoyorquino Broadway, máximo exponente del mismo, pero consigue introducir un musical cubano con tema negro e intención de espectáculo, lamentablemente no logrado debido a sus varios defectos, incluyendo el problema de las complicadas y difíciles escenografías, los personajes no delineados y escasos de humanidad, inefectivos e innecesarios cuadros, los diálogos que deben ser reemplazados por canciones y su constante preocupación de denunciar antes que de crear arte.

En 1950, Alfonso escribe Cañaveral (1950), una mirada antiyanqui y antisistema de los problemas del campo con dos personajes negros; Juan Cuabas, un líder sindical que arriesga su vida por defender la causa y Regla, una comadrona mala gente. 14

Los prejuicios que enfrenta el popular y constante trauma de los amores viraciales viene siendo motivo de nuestra literatura desde tiempos remotos. Se encuentra, entre otras novelas, en Sab (1841) de Gertrudis Gómez de Avellaneda (1814-1873), donde un negro está enamorado de una blanca, caso único en la literatura de la época. Otra perspectiva la encontramos en Cecilia Valdés (1882) de Cirilo Villaverde (1812-1894). La novela radial El derecho de nacer (1948) de Félix B. Caignet (1892-1976) fue un éxito y el primer producto melodramático radial del hemisferio que saltó de un país al otro y luego desbordó las fronteras del continente. También, ha tenido varias versiones en el cine y la televisión mexicana. El tema de estos amores en el teatro está muy presente,15 si bien es bueno recordar que algunos dramaturgos se han preocupado más por la denuncia social y/o política que por la estética teatral. El mulato (1940) de Marcelo Salinas (1889-1976) cuenta como Daniel Cortés, el secretario mulato de un senador, denuncia un fraude arrocero y es victima del político que desea eliminarlo de la vida de su hija, la cual se deja arrastrar por los prejuicios raciales. Daniel logra ser el director de un periódico de combate. El senador tiene un guardaespaldas negro, un vividor.16 En 1951 Paco Alfonso vuelve con el tema de la discriminación racial en Yerba hedionda, expresada por la relación de Caridad, una mujer negra, con su amante y la de su hija con un novio blanco, que Caridad asesina para que el ciclo de blanco abusando a una negra no se repita. En su afán de ir contra el sistema, Alfonso cae en lo que desea atacar y escribe una obra encauzada a mantener y agudizar la separación entre las dos razas. Para sembrar el rencor hasta se remonta varias veces al pasado más lejano, la esclavitud. Con una relación biracial, en este caso sexual únicamente, Yerba hedionda está entre las obras escritas con más tirria en nuestra dramaturgia. A la par de Yerba hedionda, Un color para este miedo (1954) de Ramón Ferreira (1921-2007) presenta una serie de fallos en la escritura teatral y ambas son melodramas con situaciones poco creíbles. En Un color para este miedo, Marta ha manipulado a Ana, su hija, obsesionada porque pueda conocer a su padre en cualquier momento, aunque está claro que Marta no vive con él debido a los prejuicios raciales; sin embargo Marta es infeliz, lo ama y absurdamente se mantiene recriminándole el abandono. Esta recriminación aumenta lo “traído por los pelos” del tema de la obra. Nisa, la “fiel” sirvienta negra resulta ser la madre del hombre ausente, el cual desea que lo dejen vivir en familia. Nisa es, por lo tanto, abuela de Ana, que la desprecia. 17 Al enterarse de todo, la joven tiene una reacción imprecisa para la lógica humana y teatral. Jorge Ybarra escribió El Salto, Premio Teatro 13 de Marzo 1980, año en que se estrenó en el teatro Mella. Dos estudiantes de medicina se enamoran. La madre de la muchacha no acepta la relación por ser él negro.18 La querida de Enramada (1982) de Gerardo Fulleda León (1942), con personajes logrados, trata sobre los amores de un senador con una mulata y los enredos que surgen a la muerte del político en tiempos de la República Democrática. Parece blanca (1994) es la adaptación de Abelardo Estorino (1925) sobre Cecilia Valdés, la novela de Cirilo Villaverde. El acomodo de Estorino no agrega nada ni en técnica, estilo, tema o estructura a la novela y/o a la conocida zarzuela de Gonzalo Roig. Estorino hace uso de un libro de donde salen los personajes, ciñéndose a la realidad de lo creado por Villaverde, a pesar de que él la cataloga como una “versión infiel” (?)19 El sindicalista Juan Cuabas y su novia Justina podrían ser una de estas parejas, pero Paco Alfonso no menciona la raza de la mujer en Cañaveral, dejándonos confuso, lo que no es raro en esta obra donde suceden cosas como salidas de un mundo inaudito. Pedro, el hijo mayor de Nuestra gente (1944) de Oscar Valdés Hernández (1915-?), un recogedor de desperdicios de papeles está arrimado a la negra Cacha.20

El tema de las religiones afrocubanas ha dado obras únicas, acercándose al trasfondo mítico de estas creencias, sin caer en la sobrecarga folclórica. Flora Díaz Parrado (1902-1991) escribe Juana Revolico (1942?), injustamente ignorada. Posiblemente la primera obra donde se presentan unos personajes negros con fuerza y peculiaridades humanas, aunque el dialogo cae algunas veces en lo pintoresco. Juana Revolico parece ser la primera obra donde la santería no aparece como una idolatración pagana. María Antonia de Eugenio Hernández Espinosa, importante obra llevada al cine, exhibe una faceta realista de la religión y el amor, distinta a la destacada por otros autores antes que él. Santa Camila de La Habana Vieja (1962) de José R. Brene (1927-1991) es considerada clásica por elementos ateos debido a su propósito de desacreditar a la santería. Posiblemente, la primera obra escrita bajo la influencia del realismo comunista cubano---si ignoramos Cañaveral de Paco Alfonso. A pesar del rico personaje de Camila, la obra tiene un esquema limitado ya que los caracteres se presentan como portadores de la voz castrocomunista de Brenes. Shangó de Ima de Pepe Carril (1930-1992), éxitosa en los Estados Unidos y tenida a menos en la misma Cuba, es una obra de referencia en el teatro negro estadounidense. Usando una técnica casi en desuso, pero efectiva cuando es bien utilizada--algunos personajes, a través de un preámbulo, nos sitúan en la problemática de la obra---tenemos una confusa (¿e innecesaria?) escena en la selva africana “una noche de angustia del siglo XVIII” en Tambores de Carlos Felipe.21 El tema de los orichas no se limita a los autores residentes en la Isla. En 1976, Doris Castellano co-escribió Yoruba con el puertorriqueño Frank Rosario Jr. El espectáculo consistió en la dramatización de varios mitos y leyendas, recogidos por Lydia Cabrera, dirigidos por Castellano en una producción del Taller Dramático de INTAR, en Nueva York. Fue un evento notorio en el mundo teatral hispanoneoyorquino. Raúl de Cárdenas (1938) escribió Los hijos de Ochún (1994), usando la mitología afrocubana para evocar la guerra entre hermanos en Playa Girón.22 En Otra historia (1996) de mi autoría, se incluye a los orichas desde que el público llega al teatro y luego, durante la trama, son importantes para el desarrollo de un amor bisexual.23 Matías Montes Huidobro (1931) es el autor de La navaja de Olofé (1981), donde juega con el mito incestuoso. En los “Datos biográficos del autor” de G.M.(?) aparecidos en la publicación de Yerba hedionda, se menciona Agallá Solá Ondocó, “un tratado de mitología negra” de Paco Alfonso, (7).

En 1996 se estrena en Londres Medea in the Mirror (Medea en el espejo), la obra de José Triana (1931), estrenada en 1960 en La Habana. La producción marcó un momento de nuestra literatura dramática; pero de mucha importancia es la puesta en un teatro londinense. Dejó asentada la vigencia y la universalidad de Medea en el espejo, treinta y seis años después de estrenada. En La muerte del Ñeque,24 otra obra de Triana, se crea una envolvencia con el tema, las situaciones y los personajes gracias a los dicharachos cubanos que Triana maneja con sutileza.

Mulata es el personaje del monólogo Chela, la mayombera de Felipe Oliva. En 1981, en ¡Chocolate campeón! Jesús Gregorio (1939-1988) se ocupa, con un prejuiciado enfoque de la sociedad estadounidense, de un personaje deportivo mitológico, el boxeador Kid Chocolate. Oscar Valdés Hernández, en la mencionada Nuestra gente tiene un personaje, Miguel, que sueña con ser Kid Chocolate. Al final de la obra asesina a Lorenzo, que lo explota. José Corrales (1937-2002) tiene varias obras (Nocturnos de cañas bravas, 1994; Orlando, 1987; Vida y mentira de Lila Ruiz, 1989) donde, sin preocuparse por matices raciales, aparece algún personaje negro principal. Corrales, co-escribió Las hetairas habaneras (1977), junto a Manuel Pereiras García (1950), donde se conjugan los orichas, la política cubana y la tragedia griega. El que esto traza, escribió www.solucióndecuervos.com (2005), donde Almeidia, un músico negro, es un pelele, representante del poder malsano. José Sánchez-Boudy (1927) tiene La rebelión de los negros y Julio Matas (1931) trazó Mortimer o El rapto de La Habana (2002),25 con escenas relacionadas a la esclavitud. También tiene El hijo de Tadeo Rey (1982), cuya acción ocurre al final de la guerra de independencia. Rita and Bessie,26 en inglés, de Manuel Martín (1934-2000) entrega el encuentro en el infierno de una angloamericana negra cantante de jazz y Rita Montaner, famosa mulata e ídolo de la canción cubana. Alberto Pedro (1954-2005) escribió Delirio habanero (1994), otro encuentro imaginario entre dos famosos cantantes: Benny Moré y Celia Cruz

Algunas referencia que me han llegado y de las cuales no he podido encontrar el texto son: Okandeniyé, la dama del ave real escrita por Yulky Cary (1949) para jóvenes; Baroko (Premio Festival de Camagüey 1990) de Rogelio Meneses Benítez (1942-2006). Can o la hora de estar ciego (1955) de Dora Alonso (1910-2001), mencionada por Natividad Freire González, es otro ejemplo de injusticia racial.

Las dos obras mencionadas de Julio Matas, pertenecen a la modalidad del teatro colonial, del cual hay mucho que hablar debido a sus características.27 Y donde, que yo sepa, solo una mujer ha escrito, Carmen Duarte (1959) autora de El anochecer (1981).28 Entre algunas de esas obras “coloniales” donde hay esclavos o negros libertos, además de las ya mencionadas, tenemos: Los profanadores (est. 1975) de Gerardo Fulleda León; La dolorosa historia del amor secreto de Don José Jacinto Milanés (1985) y Vagos rumores (Est. 1992) de Abelardo Estorino y Los demonios de Remedios de José R. Brene. En esta modalidad se pueden encontrar enredos que denotan falta de conocimiento histórico y cultural cubano. Eduardo Machado escribió en inglés, Cuba and the Night, título tomado de un verso del Apóstol, donde sin meterme en los problemas de la obra, aparece una esclava que se comporta casi como una señorita blanca, muy lejos de la realidad en la relaciones entre amos y esclavos de la época.

Varios autores le han dado un toque esquemático al personaje, con el solo propósito de proporcionarle color a ciertos ambientes. Por lo general este negro esbozado es además estereotipado. A estos teatristas se le hace lógico introducir forzosamente a un hombre de color para dejar representado al pueblo en todas sus etnias. Este personaje necesita tener, haber tenido o aspirado a determinados oficios o profesiones “propios” de su raza. Ignacio Gutiérrez (1929-2007) ofrece un ejemplo en El Negro de Llévame a la pelota (1969), descrito como alto, corpulento y con acento santiaguero (75); era boxeador en los Estados Unidos (78). Ahora es portero en el Stadium, pero no tiene ningún aliciente existencial.

Uno de los más estereotipados es el de la mulata sabrosa. Estas siempre “están buenas” y solo piensen en gozar, incluyendo su insaciable deseo por el baile y el sexo. La entristecida Juana en El velorio de Pura de Parrado, camina “moviendo el cuerpo con ligero ritmo de 'son'” (16), y la abusada Caridad de Yerba hedionda de Alfonso, “es una negra 'lavada'---casi mulata---de cimbreante cuerpo y cara hermosa”. (18). Ella y su hija Cari “tienen fuego en la piel” que atrae locamente a los blancos. Lola, la criada mulata de El robo del cochino (1961) de Abelardo Estorino (1925) comienza la obra, hablando de lo cansada que está por haber ido a un baile la noche anterior y agrega: “Y tanta música, no me daba tiempo de estar quieta”. Para continuar su conversación con Rosa con mas detalles sobre la ropa que uso, un túnico regalo de Rosa, agrega: “¡Me quedó como nuevo! Y pintao, ponérmelo, apretarme el cinto y pa'lante. Y qué música, ay, qué música… Y ahora como me duelen los pies”… (El Teatro Hispanoamericano Contemporáneo, 78-79). Sobre su vida sexual se describe como “flor de un día”. Por otro lado, no entiende mucho lo que está sucediendo en Cuba cuando estaba haciéndose una revolución contra Batista, aunque, claro, siendo de la clase pobre, Estorino la coloca al lado de los rebeldes. Igual a la técnica de Carlos Felipe en Tambores, Julio Matas (1931) en El extravío presenta la situación a través de personajes: el Viejo y Tomasita, hermosa aún en sus cincuenta, la criada que ha servido a la familia por dos décadas y que participa de la vida familiar como parte de ella. Tomasita puede compararse con Lola para darnos cuenta de la diferencia entre un personaje estereotipado y otro que no lo es. Todo lo contrario sucede con el Viejo, un personaje cuota innecesario por su poco aporte a la obra.

El personaje puede ser estereotipado no solo por su forma de “funcionar” en la vida, sino por la descripción de su apariencia.

El personaje cuota es posiblemente el más frecuente en nuestra dramaturgia. Es mucho más pobre que el personaje esquematizado. Aparece para dar color a la acción o a la época de la obra. La lógica es la misma, tiene que introducirse forzosamente a un hombre negro. Sin embargo, la no presencia de estos personajes y sobre todo su color no reportan nada a las obras donde aparecen. O sea, sucede lo mismo en la obra si no aparecen o si son de cualquier raza. Un ejemplo es el negrito que trae la maleta en El extravío de Julio Matas; personaje que ni sabemos quien es; de donde viene o a donde va. Por otro lado, la maleta pudo quedarse en el carro y si era necesario entrarla a escena, solucionarlo de otra manera, aunque hay que tener en cuenta que Don Mariano entra enfermo, apoyado en Eulogio. La mayoría de las obras con temas de esclavos tienen este personaje de/para colorido. Uno de los más peculiares es el de Ignacio Gutiérrez en La casa del marinero (1964). ¡Imagínese la escena! La acción es en La Habana, en 1762. Las tropas del Regimiento de Aragón están reunidas para atacar y destruir la casa de Joaquín, el marinero, donde se refugia la mulata Aleida; al mismo tiempo, Doña Catalina y las reclusas de la Casa de las Recogidas han estado alborotando, con grandes gritos, con palos y teas encendidas. La tensión en escena es enorme. En ese momento entra corriendo un esclavo de Pepe Antonio, él que luchó contra los ingleses. “Viene casi muerto del agotamiento”:

NEGRO. Mi amito Pepe Antonio vio cien navíos, y dijo: “Coño, los ingleses van a atacar” ¡A los machetes! (Cuadro VIII, 37).

Una escena cuestionable, pero llena de colorido como pocas.

Voy hacer un aparte con Juana, la criada de El velorio de Pura (1940 o 41?) de Flora Díaz Parrado. Juana es “flaca, de pelo estirado y recogido en trenzas que le quedan tiesas. Vestida de blanco, con bolitas de color. Sin medias, zapatos de charol, tacones altos” (15). Juana y Purita. “¡Eran dos almas en una!”, dice la Hermana Tercera y la Hermana Segunda lo afirma: “¡Dos almas en una!” (20). Juana sufre un desmayo y es la única que parece sentir el suicidio de Pura, que se ahorcó por un desengaño amoroso. Todo es un misterio; los críticos que han estudiado esta obra siempre se han inclinado por lo menos escandaloso dentro del escándalo; afirmando que el desengaño fue por el bobo. Debido a la actitud de Juana frente a la muerte de Pura y a todo lo dicho por las hermanas y vecinas, además por su complicidad final con el bobo, yo estoy seguro que ella es nuestra primera negra teatral lesbiana o al menos, bisexual. ¿Se ahorcó Pura al descubrir la infidelidad de su amante Juanita con el bobo?29 Homosexual es Gustavo, el personaje de mi Noche de ronda (1990), el cual entra exageradamente afeminado en la fiesta, proclamándose “la reina del Caribe”. .Un bugarrón improvisado y fatal es Jesús/José de Trash (1989), escrita en inglés por el que esto borronea. El monólogo en el repertorio del grupo londinense No String Theatre Company/Escape Artists, Cambridge desde 1993, trata sobre un mulato marielito30 que accidentalmente mata a un cura homosexual y se enfrenta a la justicia en los Estados Unidos. Yuri, el pelotero mulato en El pasatiempo nacional (2001,2004) de Raúl de Cárdenas, tiene amores con un pelotero castigado por el castrismo. Personajes y situación que se pierden frente a la intención de denuncia del autor. Candelario en La vida es un carnaval (s/f) de Enrique R. Mirabal, exiliado en México, es uno de los personajes negros mejor logrado en nuestra dramaturgia. “Mulato cuarentón y maricón a la antigua, robusto y pasado de libras. Casi analfabeto y patéticamente revolucionario. Rey Momo del Carnaval”. A través de Candelario obtenemos un retrato vivo del proceso castrista en las décadas de 1970 y 1980. Ángel, el mulato pinguero en Trío (2004) de Norge Espinosa Mendoza (1971) está atrapado entre su odio a los maricones y su oficio de puta, según le dice Isaac. Su deseo, como el de los dos personajes de El pasatiempo nacional, es irse del país. Ángel con su novia, Yuri con su amante, el cual se suicida en Cuba. Ambos piensan que fuera de la Isla todo será perfecto, o al menos, mejor. Curiosamente, distinto a lo que encontramos en los Estados Unidos, hasta el momento no he localizado ni una comedia.

ALGUNOS DRAMATURGOS

Nuestro primer dramaturgo conocido de la raza negra es Juan Francisco Manzano (1797-1854). Su vida transcurrió oscuramente, dedicado a la dulcería, victima de las mayores discriminaciones. Su obra Zafira (1842) tiene un personaje negro, el eunuco Noemí.

Eugenio Hernández (1936), trata la negritud en muchas de sus obras, entre las cuales se encuentran: María Antonia (1967), ya mencionada; Emelinda Cundiamor y Tibor Galárraga, un monologo donde el autor se limita a anunciar el problema del negro en la Cuba actual. A través de “indirectas” que a nada llevan, el personaje se queja de la injusticia social que enfrenta por ser negro. Gerardo Fulleda León y Tomás González (1938) se preocupan por tratar hechos de su raza como tema teatral.31 Fulleda León en Chago de Guisa (1988), que no desmaya en acción, llena de aventuras teatrales como ocurre en una película de Walt Disney o en las de Harry Potter; narra el patakin de un niño negro que sale de la aldea a encontrarse con la sabiduría. Azogue, reescritura del secuestro del Obispo Altamirano, desde el lado negro y actual; Betún (1996), un choque entre la santería y el comunismo; Plácido (1982), la historia de uno de los héroes de la lucha por la independencia, el poeta mulato que murió durante la Conspiración de la Escalera. Personaje que ya había merecido la atención de Crescencio Rodríguez Rivero (1879-1948) en un drama histórico en verso, estrenado el 18 de abril de 1912, en La Caridad de Santa Clara. Por su lado, Tomás González Según referencias, maneja los símbolos, las figuras y las historias históricas y de la religión yoruba, el problema racial y los mitos populares.

En Delirios y visiones de José Jacinto Milanés (Versión final, 1982 nos da unas escenas alucinadas, donde en un surrealista mundo onírico la esclavitud tiene importancia. Entre las obras donde trata el tema religioso, tenemos: Oyeunque (1994); Cuando Teodoro se muera (1992); Odi Meyi (1991); El discurso de Oba (1990); Palenque Malola (1974); El rescate de Shangó (1993); Shangó Bangoshé (1984); Oshún Panchágara (1963) y muchas mas, pues este es uno de los dramaturgos cubanos mas prolífico. Alberto Pedro, también negro, fue un autor menos preocupado por la raza de sus personajes, incluso cuando son Celia Cruz y Benny Moré.

PALABRAS FINALES POR AHORA

Varias de las obras mencionadas enfocan diferentes facetas, luchando entre la posibilidad de orientar el contexto humano más que los prejuicios, como la manivela dramática; pero siempre teniendo en cuenta el asunto de la discriminación como importante. En este teatro, es permisible afirmar que el eje de la trama y la acción de una buena parte de las obras es la opresión, vista desde distintas facetas humanas, sociales y/o políticas. Si la mirada es de afuera se ve la opresión desnuda; si la mirada es desde adentro se observa la resistencia a esa opresión.

Este ha sido un brevísimo recorrido referencial por un tema teatral que exige mayor conocimiento que el que aquí se ofrece. Es un tema que por la forma en que se ha escrito presenta una estética particular, que debe ser incluida como un corpus dentro del panorama nacional para que evolucione, como debe hacerlo.

Elmhurst, NYC, 6 de marzo--5 de octubre de 2007.

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Pedro R. Monge Rafuls es un dramaturgo cubano que reside en Nueva York, donde fundó y dirige el OLLANTAY Center for the Arts y edita la revista del mismo nombre. Ha sido traducido a varios idiomas y es el ganador del importante premio Very Special Arts Award que en 1990 le otorgó el Kenneddy Arts Center de Washington.