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Friday, June 10, 2011

Live Debut Concert.


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Wednesday, November 24, 2010

Homenaje a la pianista Zenaida Manfugás.


Homenaje a la pianista Zenaida Manfugás.
Por OLGA CONNOR
Nuevo Herald.

La pianista cubana Zenaida Manfugás, conocida intérprete de música clásica, recibirá el miércoles un homenaje de la Fundación Apogeo en el Centro Cultural Cuba Ocho. Aunque al principio tuvo que vencer escollos sociales, cuando no se concebía que una mujer negra fuera pianista clásica, su vida ha estado dedicada a ese arte. Como ella misma dice: "Quieran o no quieran, yo pertenezco a la cultura cubana''.

Desde niña su destino sería dedicarse al piano, aunque declara que lee "como una fiera''.

"La cantidad de libros que le compro a [Juan Manuel] Salvat se los pago a plazos'', dijo pícaramente desde Elizabeth, Nueva Jersey, donde reside. "El me los fía, y a veces me los regala: entre la lectura y la música me quedo con la lectura''. Y comenta que sus autores preferidos son José Ortega y Gasset y Miguel de Unamuno.

Nacida en Guantánamo, la familia se mudó a Baracoa, donde su padre, Amando González Veranés, fue nombrado juez municipal y su madre abrió una escuela de música afiliada al Conservatorio Orbón.

"No lo hice por amor al arte. A todos los niños les dan un pianito, pero a los cinco años mi madre me puso a estudiar piano'', contó Manfugás, rememorando a su madre Andrea Manfugás Crombet. ‘‘Era una anticipada a la técnica moderna --nada de dos años de solfeo--, aprendíamos las notas cuando estábamos tocando; era una de las mejores pianistas de Cuba y una de las más elegantes. Decidí cuando me hice ciudadana americana, adoptar el apellido de mi mamá y honrarla. No fue nunca a un concierto mío [y nunca tocó públicamente]''. A los siete años ya Manfugás tocaba ‘‘Misa de la Coronación'', de Mozart, y el "Primer Concierto'', de Beethoven, una niña prodigio.

Pero no debutó en La Habana hasta 1949, en el Anfiteatro de la Avenida del Puerto, y con la Banda Municipal, que dirigía el maestro Gonzalo Roig, tocando el ‘‘Concierto en La Menor'' de Edvard Grieg.

"Siempre estaba dando conciertos en el Anfiteatro de la Avenida del Puerto, entre los vendedores de maní'', comenta con ironía. Esperó tres años por una beca para estudiar en España.

"Había dos personas que me defendían, [el periodista] Agustín Tamargo, quien llamó la atención del rector del Colegio de Belén, el padre José Rubino, para que me dieran la beca en España'', contó Manfugás. Entonces Roig la invitó a dar un concierto en la Plaza de la Catedral, donde colocó 100 sillas. "Un momento antes del concierto le dije: ‘Pero maestro, ¿quién calla a esta chusma?'. ‘Ay, mi hijita, no te preocupes, tú sales y tocas' ''.

"Cuando puse la mano en el piano --una negrita que pesaba 101 libras--, era como si hubiera hipnotizado a toda aquella gente con ‘Rapsody in Blue', de [George] Gershwin. Pero así y todo no me dieron conciertos [en el Auditórium de La Habana]''.

Se fue de Cuba en el 52 y se matriculó en el Real Conservatorio Superior de Música de Madrid. Cuando regresó finalmente iba a poder tocar en el Auditórium. Era el año 58.

"Teté Bengochea, la señora del general Pedraza, tuvo interés en que no volviera a Europa sin tocar allí el 21 de diciembre''. Eso fue en momentos muy difíciles. Pospusieron el concierto para el 9 de enero del 59 y ya había llegado Fidel Castro al poder. No fue hasta que le cambiaron nombre al Auditorium en 1960, por el de Amadeo Roldán, que pudo Zenaida Manfugás fue reconocida en la principal sala de música de la capital. ‘‘Aunque eso fue por demagogia'', opina ahora.

Llegó a Estados Unidos en 1974, invitada a dar conciertos en los 50 estados, y volvió a Cuba en 1979 por última vez. Lo increíble es que a pesar de que ha tocado un repertorio clásico impresionante desde China y Japón, hasta Rusia, España y Canadá, nunca ha grabado con un sello disquero. En iTunes hay dos volúmenes de "Lecuona Always''.

Esta noche será presentada por Baltasar Martín, director de APOGEO, en la tertulia "Intimity for Ever'', y entrevistada por la primera actriz cubana Ana Viñas. Manfugás no podrá tocar porque está convaleciente de una operación.

Pero hablará de sus compositores favoritos, "las tres B'' [Johann Sebastian Bach, Beethoven y Johannes Bhrams] y de Frédéric Chopin.

"Era un innovador del romanticismo. Todo el mundo toca a Chopin, pero no sé, porque si es de un sonido tan suave, ¿cómo pueden tocarlo con un instrumento de percusión que tiene que sonar ‘cantabile'?".

Zenaida Manfugás, miércoles 24 de noviembre a las 8:30 p.m en el Centro Cultural Cuba Ocho, 1465 S.W. Calle Ocho, Miami.




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Friday, December 4, 2009

ENCUENTRO: Contra la banalidad, laboratorio Triff.

Foto: Pedro Portal.

ENCUENTRO EN LA RED.

Contra la banalidad, laboratorio Triff

En "dadaSON", el último disco del trío de Alfredo Triff, topa la excelencia con lo herético. El crítico Eliseo Cardona lo ha calificado como objeto de arte.

Jesús Rosado, Miami
26/11/2009


En este punto de la historia, a esa "inquietud vertebral" que le atribuyera Lezama a la música le cuesta bastante llegar a notas fundacionales en el frívolo mundo de la sonoridad moderna. Muchos compositores de último minuto ceden ante el pragmatismo antes que desbrozar nuevos senderos a partir de las fuentes que generaron los códigos primarios para el oído. De modo que el ámbito de la discografía se comporta como los envases del Tetra Pak, es decir, prolonga su utilidad gracias al reciclaje. Y esto ocurre tristemente hasta con las canciones de cuna. Es mucho más ganancial ir al seguro, reproduciendo fórmulas exitosas, que sudar las originalidades.

Para evitar concesiones a la creatividad barata habría que estar dispuesto a sacrificar crestas de rating. Resistir las tentaciones de la mediocridad celebrity. Primero, el compositor deberá convertirse en un rastreador de territorios aún yermos y, luego, aplicarse a revisar paradigmas de las artes y de las épocas. Al menos, es la actitud más concordante al criterio de Leo Brower cuando caracterizaba el curso de la música en la modernidad con esa tendencia "multicultural, que usa la belleza de las disonancias, la cultura popular, las relaciones pasado-presente, la intertextualidad… suma de una visión no excluyente e integradora de arte-espectador".

Desde esas premisas despojadas de esnobismo es que nos llega dadaSON, el más reciente proyecto grabado por el trío de Alfredo Triff, una explosiva insubordinación contra la banalidad del mercado discográfico, gestada sobre quince piezas ajenas al tarareo y los estribillos triviales. Amotinamiento acústico de principio a fin, que apuesta contra la complacencia a partir de texturas instrumentales ricas en genio extravagante y energía introspectiva.

Un disco perturbador

Los que ya lo hemos escuchado y meditado en su valor atípico, podemos corroborar que en dadaSON no funcionan las clasificaciones domésticas. Quien conoce la obra de Triff sabe que es característico de su pensamiento autoral. Cada una de las composiciones es concepto puro, fluyendo en breves capítulos cuyo pastiche sonoro desemboca en insospechadas lecturas. Basta prestar oído a sus recreaciones excéntricas para comprender que este compositor acomete la escritura de la música justo donde la misma se hace media luz interior.

Ya el título del disco —soplado al oído por Tzara o Marcel Jank— avisa la deconstrucción de áreas vitales de la tradición musical. Y, efectivamente, escuchadas las primeras piezas se comprenderá como la tropa de instrumentistas ataca la materia melódica con desgobierno semejante al de aquellos provocadores que acudían a Cabaret Voltaire para mofarse de las convenciones estéticas. Ese carácter de irreverencia define al disco en su contenido transgresor, contracultural, de cromatismo tan indomeñable como lo es su rítmica perturbadora, cocinada con tres ingredientes esenciales: orquestación intelectualista, cultura urbana y pasión tribal.

Sin embargo, dadaSON —y el título sigue dando la clave— urde, además, una trama cubano-universal de naturaleza rara, poco derivativa. Es dicotomía entre el dato musical que proviene del acervo acumulado por el autor y la inevitable fricción del artista desplazado entre las turbulencias del mainstream. El repertorio elaborado contiene pólvora del inspirado, sí; pero también la exquisita intuición matemática intercediendo entre la selección de los recursos sonoros, la posibilidad latente de caos y el ordenamiento del discurso musical. Es música de cámara a la vez que jam session y perversión sonera, combinación seductora de delirios extravagantes que sincroniza la batuta bien rigurosa.

Ni autor ni ejecutantes renuncian a esa energía canallesca que el maestro Arsenio Rodríguez denominaba "diablo" para caracterizar los arranques poseídos de la improvisación caribeña. Triff consigue desamarrar ángeles y demonios entre sus músicos para montar un laboratorio de episodios electrizantes y preciosistas, que desencartonan, cuestionan, rearticulan género sobre género hasta precipitarnos finalmente a la circunstancia melódica totalmente inédita.

Ese talante de dadaSON queda claro desde la portada. El concepto alternativo del cover, ideado por el fotógrafo Pedro Portal y concretado perspicazmente por el diseño de Luis Soler, debe haber arrancado muecas a la ortodoxia disquera al topar con esa icónica Tersípcore, porno y desafiante, virilizando sus estrógenos de cara a la fuente duchampiana. Pregunto si habría mejor preámbulo a un disco cuya música se entrega al strip-tease para la avidez de sus solteros.

La impronta de Triff suena a ensayo sin prescindir del hedonismo tan personal con que suele recrear las atmósferas confidenciales. La colección de piezas tantea, además de la percepción, la educación musical de quien la escucha, valiéndose de un juego de inminencias intercaladas entre frases musicales, a las cuales corresponderemos de acuerdo a vivencias y conocimiento adquirido. Se trata, evidentemente, de instigación culta pero, cuidado, porque hace catarsis con el mismo fervor que la intensidad de los amantes traspasa muros y enardece al voyeurismo.

No para todas las audiencias

La propuesta no es para todas las audiencias. Es más, el que venga por música elemental, olvídelo, este no es su disco. En verdad, su resonancia trasciende por la riqueza polifónica reducida a minimalismo, por la mística que rezuma en los recodos y, sobre todo, por la magia thriller generando expectativas entre lo sensorial y lo ontológico. Es, sin dudas, un raro disco de actitud, en el que un Triff empírico vuelve su mirada a Fluxus, aquel movimiento de inspiración neodadá que fue parte importante de la ola de los sesenta y cuya postura iconoclasta desdeñaría por completo los estándares del mercado con relación a la cultura.

Ese mismo Triff, simultáneamente, destila en dadaSON el legado vernáculo de Caturla, Roldán y toda la saga vanguardista hasta arribar a los aportes de Brower y Aurelio de la Vega. Al la postre, resulta en condensación de escuelas que, lejos de marginar lo autóctono, potencia el cosmopolitismo de sus esencias, tal vez para reafirmar con criterio posmoderno que la sonoridad cubana, tangencial a su fundamento afro-hispano, cuenta con numerosos poros para el mimetismo.

Como en Boleros Perdidos, el disco anterior, donde incorporara texturas de otras geografías y otras culturas, dadaSON se abre a inspiraciones que viajan desde el music hall, el night club y los soundtracks del gran cine. Son pasajes subterráneos que recorren los fantasmas generacionales del autor: jazz model, nouvelle vague, Thelonius al piano, arte pop, rhythm and blues, existencialismo sartriano… sombras inconscientes dejando huellas sobre la bohemia del pentagrama.

Los replanteamientos en la partitura de las piezas, que por momentos se hacen madeja stravinskiana, entrañan mucho más aplicación en la ejecución instrumental. Pero el compositor recurre de nuevo a sus monstruos cómplices. Los otros miembros del trío, el laborioso Alex Berti, en el bajo acústico, y el inmenso Daniel Ponce, en las congas, juegan malabares calibrando las individualidades con la precisión de un relojero. Se suman Misael Valera y Rainier Marrero con elegantes florituras en los teclados. Mientras, el saxo tenor de Liván Trujillo suena emancipado, tanto o más crudo que el Barbieri enardecido de años tempranos. Sammy Figueroa, en la percusión, refuerza el histrionismo de las tramas musicales.

La intervención de las voces es mesurada, glamorosa. Roberto Poveda nos llega a través de tres intensas piezas con esa vehemencia trasnochada que lo hace grande en la descarga. Rosie Inguanzo asoma sobre el vuelo íntimo de Conejo Crispado, unos versos que solfea a la manera galante de Philippe Sarde, tributando tiernamente las vocalizaciones iniciales de Swingles Singers o las baladas Trovajoli entonadas por las dulces ragazzas sesentosas.

El violín de Triff, líder y contrapunto, cimbra temperamental sin dejar de organizar el vigor de cada pieza. Le toca sensibilizar a la tropa con la cuerda contestataria del concepto y conducirla hasta donde tope la excelencia con lo herético. Cuando concibió los arreglos los apartó de los caminos convencionales y ahora la tarea con sus músicos es hacerlos aletargarse en letanía sobre los mismos o provocar que se desaten en acordes sorprendentes.

La cubanidad contracorriente de Triff

El disco se intuye como contribución. Lo acompaña la excepcionalidad que a la larga se transforma en legado. En las orillas de lo nacional, el esfuerzo de estos músicos se coloca en los antípodas del clasicismo épico-revolucionario creado por los Vitier, desmarcándose de toda armonía blanda y las instrumentaciones ampulosas. Su lirismo no se amalgama simétricamente a la manera de Sergio y José María, sino que pretende conservar la identidad de dinámicas atonales y polirrítmicas procedentes de otras periferias. Bartok, Coltrane, Frank Emilio, todos podrán zambullirse en las mismas aguas sonoras del disco y, sin embargo, sus referencias flotan de manera distinguible.

Lo cubano en Triff, persevera ahí, disuelto en la neblina del smoking room, entre mezcla de habano y café con armagnac. Es una cubanidad comportándose cerebral, contracorriente, esponjosa, anhelando sorber una generalización inabarcable. En su propuesta, lo raigal es debatible, lo universal no. Esa reconsideración es un síndrome del exilio y, por ello, el saldo de dadaSON es tan maleable en filiaciones culturales.

El crítico Eliseo Cardona ha calificado al disco como objeto de arte. Concuerdo plenamente. Disfrutando música tan descontaminada, viene a la mente aquel Duchamp que, evadiendo la pesadumbre de la gran guerra, se refugia en New York y un día se presenta ante el coleccionista Walter Arensberg para obsequiarle una bola de cristal conteniendo aire de París.

Poco importaba qué significaba aquello si por su intención ya él lo convertía en signo insólito. Instintivamente, estaba mostrando que la libertad puede convertirse en metáfora viajera. Justamente hay algo ahí, en términos de alegoría, donde la redondez conceptual de dadaSON se me antoja comparable.