Friday, December 28, 2012

DIA DE LA DRAMATURGIA Y DEL TEATRO DEL EXILIO




Foto: Luis de la Paz. En la foto José Escarpanter la noche en la que recibió el "Premio René Ariza 2005" reconocimiento que se otorga a personalidades del teatro cubano que viven fuera de la isla. 
 
DIA DE LA DRAMATURGIA Y DEL TEATRO DEL EXILIO

Las agrupaciones Artefactus Cultural Project, OLLANTAY Center for the Arts, Akuara Teatro: Sala Avellaneda,  Teatro Retablo,  Archivo Digital de Teatro Cubano, ArtSpokenPerforming Arts Center, Antihéroes Project, Institución Cultural Alba, TEATRO DEL ECLIPSE, Museo Cubano de Miami, Hispanic Cultural Promotions y los teatristas, Iván Acosta, Sara Aguilar Hernández, Magali Alabau, Diana Álvarez-Amell, Antia Arruez, Sylvia Baldeón, Jesús J. Barquet, Jorge Carrigan, Theodoris Castellanos, Martha Chávez, Alejandra Cossio del Pino, Julie De Grandy, Raúl de Cárdenas, Carlos Manuel Delgado Betancourt, Carmen Díaz, Eddy Díaz Souza, José Manuel Domínguez, Gina Escarpanter, Jorge Febles, Max Ferrá, Ileana Fuentes, Gerardo Fulleda León, Rita Geada, Mirza González, Olympia B. González , Orlando González, Luis González Cruz, Waldo González López, Yara González Montes, Armando González-Pérez, Gabriel Gorces, Adolfo Gutkin, Salvador Lemis, Yvonne López Arenal, Julio Matas, Lillian Manzor, Maricel Mayor Marsán, Yoshvani Medina, Marcelino Miyares, Pedro Monge Rafuls, Elena Montes de Oca, Matías Montes Huidobro, Ada Ortuzar-Young,  Carmen Peláez, Leandro Peraza Viso, Frank Prieto, Wilfredo Ramos, Manuel Reguera Saumell, Ulises Regueiro, Gerardo Riverón, Antonio Orlando Rodríguez, Teresa María Rojas, Pedro Román, Orlando Rossardi, Mercedes V. Ruiz, Evelio Taillacq, José Triana, Rodolfo Valdés Sigler, Luis Valverde Maceo, Lesbia O. Varona, Orlando Varona, Adolfo Vázquez,  Marianexy Yanes y Laura Zarrabeitia le invitan a celebrar ―comenzando en 2013---, el 30 de mayo, el Día de la Dramaturgia y del Teatro Cubano del Exilio

Las razones son múltiples y necesarias. Una ojeada al panorama teatral cubano del pasado siglo XX, nos devuelve la historia que, fruto de la ruptura, dio lugar a una rica y variada dramaturgia cubana en la franja del exilio. Siendo parte de la totalidad del teatro cubano, esta dramaturgia se configura y nutre en un nuevo contexto. Es una dramaturgia que se escribe por exiliados y que es llevada a escena por artistas, generalmente, también exiliados. La distingue en buena medida el tratamiento de sus temáticas, enfoques, modalidades y hasta el idioma con que, en muchas ocasiones, se escribe y presenta. Es un teatro que se fragua y se confronta en los escenarios de Miami, Chicago, Nueva York, Los Ángeles, o cualquier otra ciudad de los Estados Unidos, incluso en países tan distintos como Canadá, Colombia, Ecuador, México y Francia, entre otros. Es una dramaturgia y un quehacer de teatristas que, en muchas ocasiones, enfrentan grandes problemas de aceptación y también ―lamentablemente― de producción y representación; inconvenientes que, a corto y largo plazo, retrasan y frenan su natural crecimiento. 

En tal sentido, los firmantes coinciden en determinar una fecha para que los grupos y los hacedores de este teatro en particular, realicen alguna acción ―pequeña o grande― o cualquier tipo de producción teatral u homenaje, donde se reconozca los aportes de esta dramaturgia y se aplauda el quehacer de autores, actores, directores, diseñadores y demás artistas y colaboradores del teatro cubano del exilio. Es por ello que invitan a la comunidad cubana en el exilio en general, y a la teatral en particular, a enviar felicitaciones y mensajes cada 30 de mayo para aclamar una circunstancia teatral de la que son parte los teatristas del exilio. Se anima también a los amantes del teatro a respaldar y difundir las obras de teatro del exilio. Las agrupaciones teatrales pueden tomar parte de la celebración, todos los 30 de mayo, con lecturas dramatizadas, homenajes especiales o producciones teatrales basadas en textos de dramaturgos/as del exilio. Todas las actividades del Día de la dramaturgia y del teatro del exilio se difundirán por los medios de comunicación disponibles, por lo que deberán notificarse con antelación a la fecha.   

Se instituye el 30 de mayo como Día de la dramaturgia y del teatro del exilio por ser el día en que fallece el Dr. José A. Escarpanter, en Auburn, Alabama (2011). El Dr. Escarpanter nació en La Habana, el 17 de enero de 1933. Fue un riguroso crítico y estudioso del teatro, profesor de esta materia en la Universidad de La Habana. Asumió el exilio en la década de los sesenta y fue el primer investigador que, desde su emigración forzada, registró las particularidades de esta dramaturgia, evidenció la existencia de un teatro cubano exiliado con características propias y contribuyó a su difusión, historicidad y corpus teórico. 

Usted puede enviar la información sobre la actividad que va a realizar para que sea difundida a: OLLANTAYpm@aol.com (Nueva York) o artefactusteatro@gmail.com (Miami).

Recomponer una memoria fragmentada




Recomponer una memoria fragmentada

Cubanencuentro.

En los últimos años, Rosa Ileana Boudet ha dado a conocer cuatro libros de investigación que representan un valioso aporte al estudio del teatro cubano.

En 1961, una joven del barrio habanero de la Víbora comenzó a estudiar en la recién creada Escuela de Instructores de Arte. Para lograr el ingreso, se debe haber valido de alguna artimaña, pues no había cumplido aún los quince años que allí exigían a los alumnos. Como parte de la que iba a ser la primera promoción, allí tomó clases, entre otros profesores, con Rine Leal, Virginia Grutter, Luis Márquez, Félix Pita Rodríguez, Julio Martínez Aparicio. En 1963, en el acto de graduación realizado en el Teatro Mella fue designada para dar lectura al texto que constituía el Compromiso de los egresados.

En 1977, recreó las vivencias de aquella etapa de iniciación en una noveleta titulada Alánimo, alánimo. En la breve nota biográfica de ese libro se lee: “Trabajó como instructora de arte y creó grupos aficionados en los 60”. En efecto, tras concluir los estudios trabajó como instructora hasta 1965. Parte de esa labor la desarrolló en Isla de Pinos, a donde fue enviada junto con otros dos egresados. Al regresar a la capital se incorporó como titiritera en el Teatro de Muñecos de La Habana.
En 1967 volvió a las aulas, esta vez a las de la Escuela de Periodismo de la Universidad de La Habana, en la cual se licenció en el aciago año de 1971. A partir de entonces, sus vínculos con el teatro pasaron a ser desde el campo de la crítica. Sus primeros comentarios vieron la luz, cuando aún era estudiante, en la revista Vida Universitaria y el diario El Mundo, y después en publicaciones como La Gaceta de Cuba, Juventud Rebelde y Cuba Internacional.

Esa actividad la prosiguió en Revolución y Cultura (1972-1978), de la que llegó a ser jefa de redacción, así como en Tablas (1982-1987) y Conjunto (1992-2000), revistas de las cuales fue directora. Asimismo su pasión por el arte escénico se plasmó en el libro Teatro Nuevo: una respuesta (1983). A ese título se sumaron la compilación de la antología Morir del texto (1995), así como los prólogos para las ediciones de Teatro La Yaya (1981), de Flora Lauten, Teatro (1982), de Albio Paz, Aire frío (1990), de Virgilio Piñera, Vagos rumores y otras obras (1997), de Abelardo Estorino, y El velorio de Pura (2001), de Flora Díaz Parrado.

Esa dedicación al teatro, primero como instructora y titiritera luego como crítica, no se ha extinguido ni menguado con el paso del tiempo. Casi medio siglo después, Rosa Ileana Boudet continúa desarrollando una labor que, en más de un sentido, a mí me parece admirable. Desde que en el año 2000 pasó a residir en Estados Unidos, ha proseguido su trabajo, que a partir de esta etapa se ha centrado fundamentalmente en la investigación. Ese esfuerzo ha cristalizado en la publicación de varios libros, a los que me referiré en este trabajo.

El primer título que Boudet dio a conocer tras radicarse en California fue En tercera persona. Crónicas teatrales cubanas: 1986-2002 (Ediciones de GESTOS, Irvine, 2004), cuya salida reseñé en su momento en este mismo periódico. Nada más lógico que iniciar esta nueva etapa de su vida con un balance de la actividad crítica desarrollada por ella en la Isla, a lo largo de más de tres décadas. Como entonces señalé, esos textos revelan la concepción del trabajo del crítico que Boudet tiene y lleva a la práctica.

En primer lugar, en sus artículos no hay espacio para el insulto, los comentarios sarcásticos e hirientes o el empleo de esta labor como ejercicio de poder. Asimismo aunque siempre hace evidente que se trata de su criterio personal, nunca es arrogante ni exhibe su protagonismo. En su esquema valorativo incluye además elementos ligados a su experiencia personal y existencial. No teme así expresar sus emociones como espectadora, convencida de que, tal como sostiene el español José Monleón, un crítico que elimina la emoción es un crítico mutilado, castrado. Es evidente también que escribe desde una actitud de amor y defensa del teatro, lo cual hace que al leer sus textos uno siente que está hablando de algo que siente como suyo. No asume, sin embargo, una postura paternalista, y no vacila al señalar defectos y aspectos no logrados.

El primer fruto de las investigaciones que emprendió en esta última década fue Teatro cubano: relectura cómplice (Ediciones de la Flecha, Santa Mónica, 2010, 390 páginas). En ese libro, como apunta Boudet en la nota introductoria, intenta revisar el teatro cubano de la etapa republicana “como si en un espejo se miraran dos láminas: la escena culta y la popular”. Para periodizar su estudio, propone una cronología diferente, pues opina que “las vigentes son en muchos casos equívocas”. Asimismo señala que debido a que muchos de los textos son de difícil acceso para el lector, asumió “las consecuencias de citar en exceso y dialogar con las obras, así como referirme a los actores y directores que las estrenan, pues el espectáculo es el sentido último de una obra dramática”.

Matiza juicios y opiniones

Aunque a lo largo del libro también se ocupa de teatristas y grupos, Boudet sustenta su análisis en la dramaturgia escrita en esos años y que no siempre subió a los escenarios. Su opción resulta lógica, pues esa es la principal fuente a la cual un investigador puede hoy acudir. Tampoco es que en ese sentido lo tuviera muy fácil: unas cuantas obras están recogidas en libros, pero otras solo vieron la luz en revistas de difícil acceso. Localizar todos esos textos implicó, evidentemente, una búsqueda laboriosa y paciente. Boudet además se preocupó de leer todo ese material, incluso aquellos textos que otros desdeñaron por considerarlos sin importancia o que sencillamente no leyeron. Esto último lo ilustra con un ejemplo. Cuenta que al comienzo de la investigación consultó en la Biblioteca Fernando Ortiz, antigua Sociedad Económica de Amigos del País, el ejemplar de 1919 de la revista Teatro Cubano donde se publicó María, de Ramón Sánchez Varona. Y anota: “Tenía sus pliegues intactos. Nadie lo había leído”.

Esa revisión tan exhaustiva de la dramaturgia de ese período no ha dado lugar a un panorama distinto del que hasta ahora teníamos. Pero sí viene a matizar algunos juicios y opiniones considerados canónicos y contribuye a configurar un panorama un poco más completo. Especialmente lúcidos son, a mi juicio, los capítulos dedicados a autores como José Antonio Ramos, Carlos Felipe, Flora Díaz Parrado, así como al Teatro Alhambra. En ellos Boudet desarrolla un concienzudo estudio e incluye inteligentes y sugestivas reflexiones. Es de destacar el esfuerzo que dedica a defender al autor de El Chino, quien a juicio suyo “conoce como ningún otro la escasa valoración de sus contemporáneos y es todavía víctima de juicios apresurados y superficiales”. Asimismo esa atenta lectura le permite descubrir conexiones y vínculos con autores y obras posteriores. Así, al analizar El ahogao, de Lino Novás Calvo, comenta: “La pieza, compleja y concentrada, con cuatro personajes masculinos y el primer y ¿único? desnudo del teatro cubano antes de 1959, anticipa el narcisismo de los machos de (Abelardo) Estorino en su ritual frente al espejo y la obra corta de diálogo cinematográfico que aparece en los sesenta”.

En el ensayo “Sobre las fuentes y el narrador en la Historia del cine cubano”, recogido en su libro Otras maneras de pensar el cine cubano, Juan Antonio García Borrero defiende la necesidad de emplear fuentes alternativas. “Lo ideal, expresa, sería narrar la historia del cine cubano según el paradigma de Rashomón”. A su manera, Boudet aplica un criterio similar, al ensanchar los límites de lo que suele considerarse bibliografía pasiva o crítica. Consciente de las enormes dificultades que conlleva el tratar de recomponer la memoria fragmentada de nuestra escena republicana, no duda en acudir a los materiales más diversos: memorias de teatristas, testimonios, novelas, epistolarios, crónicas periodísticas, así como a las entrevistas hechas por ella a figuras como Candita Quintana, Raquel Revuelta, Paco Alfonso, Eduardo Robreño.

Si dedicó, como ella afirma, varios años de investigación y relectura para redactar ese libro, era natural y perfectamente lógico que Boudet continuase aquel proyecto con Cuba: viaje al teatro en la Revolución (Ediciones de la Flecha, Santa Mónica, 2012, 304 páginas). Lo digo porque en la etapa que ahora abarca (1960-1989), ella siguió de manera puntual la actividad escénica. A lo largo de esas tres décadas comentó estrenos y festivales, trató personalmente a dramaturgos y teatristas, acompañó procesos de montajes, tomó parte en talleres y eventos teóricos, editó revistas, impartió clases a futuros teatrólogos. Es decir, que en este caso iba a analizar una experiencia que lejos de resultarle ajena, vivió muy de cerca. Eso la lleva a justificar el empleo de la primera persona en su discurso crítico, “porque equivocados, torpes o apasionados, mis escritos y mi labor de promoción acompañaron estos años”.

Esa condición privilegiada de ser testigo de primera mano permite que, en lugar de restringir su análisis al texto dramático, pueda valorar el hecho escénico en su totalidad. Así, al comentar el estreno en 1967 de María Antonia, de Eugenio Hernández Espinosa, apunta: “Hoy es difícil releerla sin recordar el color del vestuario de María Elena Molinet —concebido de acuerdo a la simbología de los orishas— o la imagen de Hilda Oates, la protagonista, de Elsa Gay como Cumachela, la majestuosidad del escenario, la recordada escena del mercado y los cantos y bailes del Conjunto Folklórico Nacional”. Eso hace que a lo largo del libro estudie el teatro como tal, pues se ocupa de los distintos elementos que lo integran y les da el valor que dentro del mismo les corresponde.
El libro realiza un recorrido panorámico por el teatro cubano contemporáneo. Lo inicia con el estreno de Aire frío (1988), de Virgilio Piñera, y lo cierra con la experiencia de La cuarta pared (1988), de Víctor Varela. Organiza ese viaje en veinticinco estaciones o capítulos, en los cuales examina los temas y hechos más significativos. Por ejemplo, dedica espacio a la eclosión dramatúrgica de la década de los 60, en la que se dieron a conocer autores como José R. Brene, Abelardo Estorino, Nicolás Dorr, José Triana, Tomás González, Manuel Reguera Saumell, Héctor Quintero, Matías Montes Huidobro. Asimismo analiza las obras de urgencia y agitación escenificadas en esos años. Otras páginas están dedicadas a los años 70, marcados por la grisura y el dogmatismo y por el surgimiento del llamado Teatro Nuevo. Boudet escogió 1989 como tope cronológico para cerrar el libro, por ser un año en “el que tantos hechos cambiaron el mundo”. Para la escena cubana, fue además el comienzo de un nuevo período, del cual “otros serán sus espectadores y otros sus críticos”.

Valoraciones justas y bien fundamentadas

Boudet logra una complentariedad y un equilibrio entre los elementos testimoniales e informativos y los elementos valorativos y críticos. Asimismo no interpreta el teatro a través de la biografía de sus creadores, pero tampoco rehúye acudir a los datos de esa naturaleza cuando es preciso. A partir de esa dinámica, tan alejada de la plúmbea pesadez del discurso académico, revisa las principales figuras y tendencias, ubicándolas en sus circunstancias temporales e ideológicas, así como en el contexto del arte escénico nacional. De igual modo que dedica amplio espacio a las “cumbres”, no desatiende a otras figuras menores, que si bien carecen de gran relieve contribuyen a documentar la riqueza del período objeto de análisis.

Esa relectura la lleva además a valorar con la objetividad que dan los años a autores sobre los cuales tenía una opinión menos favorable. Dos ejemplos son Héctor Quintero y Antón Arrufat, cuya producción dramatúrgica examina ahora con más justeza. De igual modo, vuelve autocríticamente sobre opiniones expresadas anteriormente por ella. En un trabajo de 1992, al referirse al repertorio anterior a 1959 apuntó que “reproducía las comedias banales de Broadway o intentaba un teatro de arte frente al comercialismo”. Lo reproduce para admitir que hoy sabe que más allá de que la revolución cambió la vida de todos los cubanos, “es una afirmación maniquea”, y que antes del 59 la escena cubana “tiene monumental riqueza y diversidad y no debiera establecerse un corte para su estudio”.

Como es evidente, asumir en solitario un proyecto como este lleva implícitos muchos riesgos. Algo de lo cual la propia Boudet era consciente cuando emprendió su ejecución. Una vez completado, se puede afirmar que ha cumplido sus objetivos con resultados muy satisfactorios. El libro se sustenta en valoraciones justas y bien fundamentadas, y a lo largo de sus páginas hallamos acertadas precisiones, enfoques originales, criterios propios. Como es natural, con algunas de las opiniones expresadas por ella se puede discrepar. Personalmente, uno de mis reparos es la falta de un índice onomástico, imprescindible en una obra de referencia. Asimismo la autora debería unificar la tipografía de los títulos de las obras, pues unos aparecen en cursivas, mientras que otros están entrecomillados, a la antigua usanza. Sin embargo, anoto esos señalamientos sin mengua del franco elogio que en conjunto Cuba: viaje al teatro en la Revolución me merece.

La preocupación por rescatar la memoria de nuestro teatro de las manos del olvido y del efecto destructor del tiempo, también llevó a Boudet a interesarse por la figura de la actriz Luisa Martínez Casado (1860-1925). A partir de la investigación realizada por ella en las fuentes bibliográficas a las que pudo acceder en California y La Habana, así como en una corta estancia en Cienfuegos, y de la consulta de varios archivos digitales de México y España, escribió el libro Luisa Martínez Casado en el paraíso (Ediciones de la Flecha, Santa Mónica, 2011, 294 páginas). Acerca del mismo, la autora redactó unas palabras de las que copio este fragmento:
“Es mi acercamiento biográfico a la vida de la actriz nacida en Cienfuegos desde que muy niña interpreta las obras de su padre, triunfa a los nueve años, alterna con Eloísa Agüero, trabaja con Paulino Delgado y se va a España a estudiar en 1878. ¿Cómo llega a Echegaray que le escribe un personaje sin haberla visto actuar? ¿Cómo se desarrolla su vida en la península y cómo algunos que la vieron la comparan con Sarah Bernhardt? ¿Cómo se podría imaginar su interpretación? ¿Y en México? Sería largo y detallado contarles los pormenores del libro que empieza con un capítulo dedicado a Luisita y termina con su «Último acto». (…) Y aunque me encantaría llenar todos los vacíos, contestarme todas las preguntas, visitar todos los puertos a los que ella llegó en el siglo XIX y los escenarios de tantos países de América y el Caribe, aquí está Luisa, de cuerpo entero, con su consagración al arte y a la interpretación en sus viajes y en sus periplos, en sus momentos cumbres y en sus quebrantos y , sobre todo, en fotografías desconocidas, lo más cercano a verla sobre el escenario y en los juicios, entre otros, del Conde Kostia, Julián del Casal, Olavarría y Ferrari y Gutiérrez Nájera”.

Una extraña entre los suyos

Tarea particularmente difícil era seguir desde su nacimiento la trayectoria de una actriz que murió hace más de ochenta años. Más aún, que desarrolló parte de su actividad profesional en España e Hispanoamérica, a donde la llevaron sus constantes giras. Armar lo que era un verdadero rompecabezas requirió, por tanto, una labor esforzada y paciente, además de una auténtica pesquisa detectivesca. Ha sido gracias a ello que la autora de Luisa Martínez Casado en el paraíso logró ganar ese desafío y materializó un retrato artístico y humano que parecía casi imposible de realizar.
La biografía sigue la vida de Luisa Martínez Casado desde su nacimiento. Da cuenta de su debut en los escenarios a los nueve años, interpretando las obras de su padre, defensor a capa y espada del gobierno colonial. Su descubrimiento en España por el dramaturgo José Echegaray. Su regreso a Cuba, donde se presenta en un Teatro Tacón repleto, pese a su conocida indiferencia ante la situación política que vive la Isla. La creación de su propia compañía, con la cual recorre exitosamente muchos países de habla hispana. Su retiro de la escena y de la vida pública, tras la muerte del esposo al que estuvo unida por más de treinta años. Su fallecimiento, tras una larga y penosa enfermedad, al parecer relacionada con el útero o la matriz.

Después de su muerte, Luisa Martínez Casado cayó en el olvido más absoluto. Como comenta Boudet al final de su libro, “ni siquiera en los teatros de su ciudad natal se registraron sus actuaciones. Hoy todavía se habla de cuando Caruso y Ana Pávlova actuaron en el Terry pero no hay una mención o una inscripción para la Martínez Casado. Sus fondos, bastante precarios, dicen bastante poco de la que viajó con decenas de baúles y una corte a su alrededor. Mientras las pertenencias de Modjeska se guardan en museos y la que llamó a los cubanos «indios con levita» sigue su andadura como mito, Luisa es casi una extraña entre los suyos”.

Uno de los aciertos del libro es la inteligencia con la que la autora ha sabido utilizar todos los materiales. En primer lugar, no se ahoga en los documentos y la información acopiados por ella en la rigurosa investigación. Sabe ir a lo esencial y consigue un justo balance, en el que los datos confirmados alternan con las intuiciones. Asimismo las etapas de la vida de la actriz se suceden ordenada y documentadamente, algo a lo cual se suma una narración fluida y coherente. En este sentido, es oportuno señalar que Boudet recurre en ocasiones a elementos propios de la literatura de ficción (conviene recordar que además de Alánimo, alánimo, ha incursionado en ese género con Este único reino y Potosí 11, dirección equivocada). Es algo que se advierte ya en el párrafo con que se inicia la biografía:

“Don Luis terminaba de arreglarse el traje y cerciorarse de cómo le quedaba el sombrero, muy entusiasmado porque esta noche iría a conocer a la Sra. Avellaneda, que accedía gustosa a dirigir la repetición de Alfonso Munio. Mañana será el estreno en su teatro. Y aunque se rumora que no todos están felices con la llegada de una hija predilecta después de veintitrés años en la madre patria, para él es una ocasión suprema, pues lo inaugurará la insigne poeta (…) Así que ni corto ni perezoso se dirigió al Paseo de Vives esquina a Argüelles y contempló el edificio, feliz como cuando en La Habana, dos años antes, en medio del auge de tonadilleros y saineteros, soñó con tener su propia compañía de cómicos”.

Aparte de esas tres ambiciosas obras de investigación, Boudet ha retomado su labor como compiladora con Los años de la revista Prometeo (Ediciones de la Flecha, Santa Mónica, 2011, 124 páginas). En las primeras 54 páginas hace un repaso de la trayectoria de esa publicación, fundada por Francisco Morín y que circuló de 1947 a 1955. A juicio de la investigadora, su lectura es fuente indispensable no solo para estudiar el grupo del cual tomó su nombre, sino el trabajo de otros actores, dramaturgos y directores de esa etapa. De ahí, comenta, “que su interés trasciende sus páginas y artículos para abarcar «los años» de creación del teatro del arte, en los que se pretenderá una escena vital, actualizada y relacionada con el mundo”.

Esa introducción da paso a una selección de artículos que aparecieron en la revista. Hay además un bloque sobre la polémica que suscitada por el estreno en 1948 de Electra Garrigó, de Piñera. Ahí se pueden leer los trabajos de Mirta Aguirre, Luis Amado-Blanco, Matilde Muñoz, María Zambrano, Manuel Casal, Héctor García Mesa y el propio Piñera. Hasta donde sé, es la primera vez que todos esos textos se reproducen y se ponen al acceso de lectores. El volumen se cierra con una bibliografía mínima de Prometeo y una galería de fotos que aparecieron en la revista.

Aparte de la muy valiosa aportación que representan esos cuatro títulos, Boudet coordina desde hace seis años el blog Lanzar la flecha bien lejos. Aprovechando las grandes posibilidades del ciberespacio, ha sumado ese otro espacio para proseguir su saludable tarea de rescate y divulgación de nuestro teatro. Aunque da cabida a textos de otros autores, es ella quien redacta la mayor parte de los posts. Se trata de notas escritas en un estilo periodístico, en las que comenta una fotografía, reseña la salida de un libro, anuncia un estreno inminente, da noticia de un hallazgo y, en fin, comparte flechazos con los lectores.

Tuesday, December 11, 2012

RAQUEL Y OTRAS NOTICIAS




   

 RAQUEL Y OTRAS NOTICIAS
Juan Cueto-Roig
Nunca he puesto en duda la legitimidad de mi admiración por Raquel Revuelta. Está fundamentada en su arte interpretativo, su magnetismo y su belleza. Sin embargo, a veces me he preguntado si mi empeño en exaltarla, se debe sólo al cariño y a la amistad que casi desde mi adolescencia me unió a ella. Pero cuando leo palabras como las que transcribo a continuación, en un reciente artículo titulado Raquel Revuelta, en el espejo de la memoria, de Norge Espinosa Mendoza, un poeta, dramaturgo y crítico teatral, nacido en 1971, que no la conoció en su época de mayor esplendor, ni pudo ver las grandes obras que interpretó en la televisión en las décadas del 50 y 60, ni las que protagonizó en el teatro en esas épocas, confirmo que mi devoción hacia ella está más que justificada.
EXTRACTO DEL ARTÍCULO DE NORGE ESPINOSA MENDOZA
«Raquel Revuelta fue, a lo largo de su extraordinaria carrera, mucho más que el rostro seductor de Un romance cada jueves. Si a ese famoso programa televisivo debió buena parte de su popularidad y reconocimiento, alternaba con tales emisiones la subida a las tablas para no perder el contacto real con un auditorio ante el cual ella fue Juana de Lorena, Chen Te, Madre Coraje, Santa Juana de América, o una de las tres hermanas. Laurencia en Fuenteovejuna, Laura en La casa vieja, Doña Luciana en El becerro de oro, Alissa en Comedia a la antigua… son otras páginas de ese álbum que ella respiró y nos legó, intercalados entre los arranques de su inolvidable Doña Bárbara y los arrebatos de Lucía y Cecilia, a las órdenes de Garriga o Solás. El tiempo, que suele ser el más cruel espectador, nos arrebató la posibilidad de verla en otros papeles, y no deja de ser irónico que su última presentación teatral haya sucedido en México, encarnando a una especie de diva en retiro. Como sucede con muchos grandes actores, Raquel llegó a sentir el ahogo de enfrentarse cada noche al lunetario, y sus labores como directora, profesora o funcionaria fueron desplazando a la actriz que, dondequiera que fuese, seguía siendo reconocida por encima del olvido y de los años de aparente ausencia. Pero ese desplazamiento es solo una nota biográfica. Ella era la Actriz, hiciese lo que hiciese. Las fotos que de ella vemos, donde esplende en varios de sus mejores empeños o sonríe junto con su madre y su hermano Vicente, nos lo dejan saber sin arrogancia.
Los que llegamos a conocerla, los que sabemos señalar en qué butaca de la primera fila de la sala Llauradó prefería sentarse para dirigir ensayos o ver alguna puesta en escena, recordaremos su paso más o menos ingrávido, y la fuerza de esa mirada que era capaz de paralizar todo a su alrededor. Más que una mujer fue un carácter, y de eso provienen las anécdotas que, para bien o mal, insisten en retratarla de manera extrema. Una actriz talentosa, al referirse a ella hace algunos años, empleó el término “controversial”. Y quién duda que lo era. Escondió armas durante la lucha contra el batistato, salió en defensa de sus actores cuando vino el tiempo gris de los 70, manejó con mano dura el repertorio y los elencos de Teatro Estudio. Renunció a una vida de mayor fama en México para salir, tarde por tarde, a su balcón para contemplar La Habana. Murió para que, entre otras cosas, pudiéramos entender desde su ausencia que la capital y el país perdían a uno de sus mitos más espléndidos… Las actrices y los actores de verdadero genio dejan una estela que, acaso sin saberlo, heredan hoy otros intérpretes: discípulos de lo que ellas y ellos nos regalaron como ilusión.
Raquel Revuelta nos mira ahora desde el espejo que es la memoria. Mirémosla como quien la aplaude, admirémosla como quien le entrega un nuevo ramo de flores, bajo la lluvia habanera que puede ser una ovación.»
EL LIBRO
El libro Raquel Revuelta, a la memoria de una gran actriz está ya catalogado en las siguientes bibliotecas: The Library of Congress, Washington, D. C.; Instituto Cervantes, Nueva York; Casa de América, Madrid; Biblioteca Hispánica de la Agencia de Cooperación Internacional, Madrid; Casa de América, La Habana; Biblioteca del Centro Cultural Español, Miami; University of Miami, Coral Gables; Florida International University, Miami. Y varias bibliotecas de Dade County y Miami Beach.
RAQUEL EN LA MIRADA INDISCRETA
  
El dulce pájaro de la juventud
Con Enrique Almirante
Las gentes quedaron paralizadas en sus casas: nunca antes se había visto nada tan franco… Soberbia creación de Raquel Revuelta… El mejor programa de televisión hasta 1964.
Revista Bohemia
El domingo 23 de diciembre, el programa La mirada indiscreta que dirige Alejandro Ríos transmitirá una entrevista a Juan Cueto-Roig, con motivo de la publicación del libro Raquel Revuelta, a la memoria de una gran actriz. Es una ocasión única de ver fragmentos de actuaciones de la actriz, entre ellas, una escena de El dulce pájaro de la juventud (Gran teatro del sábado, CMQ Tv., 1964)
La mirada indiscreta se transmite los domingos a las 8:00 pm por América Teve, Canal 41 (12 en Comcast).

Wednesday, November 14, 2012

La novela Un bronceado hawaiano, de Matías Montes Huidobro



A la venta en la Feria del Libro de Miami, Ediciones Universal, Editorial Aduana Vieja. Para cualquier información, contactar al autor mmhuidobro@aol.com

La novela Un bronceado hawaiano, de Matías Montes Huidobro, será presentada el domingo 18 de noviembre, durante la Feria Internacional del Libro de Miami
    
A Hawái le sienta el negro
     por Luis Agüero, Miami | 12/11/2012



Lo primero a destacar en Un bronceado hawaiano, el más reciente título publicado por el poeta, narrador, dramaturgo e investigador Matías Montes Huidobro, es que posee una virtud que a mí se me antoja indispensable en cualquier novela: se lee de un tirón. El libro, de 357 páginas, cuenta una historia que se mueve a sobresaltos, aunque sin perder jamás el ritmo, entre el realismo áspero de los llamados “duros de pelar” (Chandler, Hammett y Cía), algunas situaciones que de un modo u otro remiten al código del absurdo y pasajes de un erotismo tan brutal que lindan con la pornografía; todo ello aderezado con disquisiciones, que transitan de lo lírico a lo filosófico sin ningún pesar, acerca del arte y el sexo, los celos, las relaciones profesionales, el asesinato como una de las bellas artes y todo lo humano y lo divino, incluyendo “la inmortalidad del cangrejo”, según el propio autor. A primera vista parecería que, en una supuesta novela negra, semejante mezcla, al igual que la lingüística y las matemáticas, como diría Ionesco, deben conducir siempre a lo peor; sin embargo, Montes Huidobro se las ha arreglado, gracias a su pericia como prestidigitador literario, para componer una obra que esconde al lector mucho más de lo que muestra. Los ingleses aseguran que el paquete es la mitad del regalo, y en este caso el atractivo paquete que supone la anécdota criminal oculta el regalo de un insólito rastreo por las veleidades del alma humana. Cuando uno termina de leer el libro está consciente de que se ha entretenido, de que la ha pasado muy bien, pero al mismo tiempo empieza a dudar si debe reiniciar la lectura de inmediato, y con mucho más atención, para descubrir de qué trata realmente esta narración que podría ser, como asegura uno de sus personajes, un rompecabezas al que le falta la pieza clave, a pesar de que si lograras encontrarla vas a darte cuenta enseguida que resulta en lo absoluto prescindible. Desde la misma portada, donde aparece como un reclamo publicitario el subtítulo Un film noir, se hace presente el interés del autor por dejar pistas falsas, pretendiendo hacer pasar por una película lo que debería ser un libro.

Si el subtítulo citado antes se acepta como uno de las vías para desentrañar cada escondrijo de esta novela, resulta obvio que Un bronceado hawaiano es ante todo un homenaje en tono de parodia —alguien dijo que toda parodia es en el fondo un homenaje— al cine negro norteamericano, y de paso a la literatura que le dio origen. Montes Huidobro se refiere con frecuencia casi maníaca a actrices, actores y directores de las películas más notables de este género, o sub género, o como quiera llamársele, así como a los autores de las novelas en que muchas de ellas se inspiraron; es más, sin temor alguno remite al lector en sus dos personajes femeninos protagónicos (Doris y Janet) a patrones de la femineidad que establecieron dos grandes estrellas de la pantalla (Lana Turner y Katherine Hepburn, respectivamente), e incluso crea un detective chino al que llama Chan, igual que el célebre Míster Chan del cine, llegando al colmo de hacerlo decir en determinado momento que es necesario tener “paciencia, muuuchaaa pacienciiiaaa…”, frase que hizo popular el personaje radial Chan Li Po creado por Félix B. Caignet, el mismo autor de El derecho de nacer, la madre de todas las telenovelas. Haciendo uso una vez más del juego de las muchas identidades, el autor no se conforma con la copia sino que se esmera también en dejar constancia de la copia de la copia.

Esta suerte de calistenia lúdica, que por lo general tiene carácter de humorada, de simple broma, a ratos se trasmuta en consideraciones de mayor peso, sacando a flote por ejemplo las miserias humanas de un estrato social que podría aparentar estar bien lejos de tal estigma: el mundillo intelectual académico en USA. La “locación” —para usar un término cinematográfico— de la novela se sitúa, además, en Hawái, una especie de paraíso terrenal, paisaje que no resulta precisamente el más apropiado, al menos desde el punto de vista literario más ortodoxo, para contar la historia de un asesinato. De principio a fin de la novela, Matías Montes Huidobro hace uso de encontronazos semejantes, lo cual le otorga a la narración un aire muy particular, una respiración como de pez vuelto al agua después de librarse del anzuelo que lo mantenía en el aire a punto de ahogarse.

Creo que uno de los aspectos más llamativos de la novela es el Narrador, así con mayúscula, como si fuera, y de hecho creo que lo es, otro personaje del libro, tal vez el único realmente protagónico, pues en última instancia es el que se ocupa en definitiva de hacer avanzar la acción. Transitado de una exposición más o menos convencional en tercera persona del singular hasta una insólita primera persona del plural, Matías Montes Huidobro cuenta esta imbricada historia desde muy diversos puntos de vista, apelando a veces al observador objetivo, otras al narrador omnisciente que todo lo sabe e incluso llegando al extremo de dialogar con el lector para confesarle que no tiene la menor idea de lo que le pasa por la cabeza a sus personajes. Una vez más el juego de mientras más parezco enseñar es que de verdad más escondo.
Un bronceado hawaiano es, como la pintura inútil, repetitiva y alucinada de Bob Harrison, su personaje clave, un libro que puede compararse con una cebolla de múltiples y disímiles capas, a las que es necesario ir penetrando hasta encontrar su desolador meollo. También, como señalé al inicio, es un libro que resulta muy agradable de leer, tal vez porque está repleto de sorpresas. A mí, en particular, me llegó la mayor de las sorpresas casi al final de la lectura, cuando se hace el minucioso inventario de la biblioteca de Chan, y me enteré, sin el menor asomo de duda, que entre una edición príncipe de Los miserables y las novelas de Agatha Christie y Mike Hammer, estaba una novela negra firmada por mí y que es probable que alguna vez haya escrito y a lo mejor hasta que fuera publicada, aunque de lo que sí creo estar seguro, no lo sé a ciencia cierta, es que jamás ganó ningún premio literario.

La presentación de Un bronceado hawaiano de Matías Montes Huidobro en Miami, tendrá lugar en la Feria Internacional del Libro el día 18 de noviembre (domingo) a las cuatro de la tarde (building 8), dentro del marco de un panel sobre “la novela negra”, donde también participarán Rodolfo Pérez Valero e Ignacio Cárdenas Acuña


Thursday, November 1, 2012

‘Nevada’, CORAZONES helados



 Foto: Ulises Regueiro. Andy Barbosa y Liset Jiménez.

‘Nevada’, CORAZONES helados


Chely Lima
El Nuevo Herald l 10.30.12

Akuara Teatro, La Ma Teodora y el Archivo Digital de Teatro Cubano de la Universidad de Miami traen a la Sala Avellaneda Nevada, de Abel González Melo, bajo la dirección de Alberto Sarraín y con la asistencia de José Antonio Orta. Se trata de una obra que forma parte de la trilogía Fugas de invierno, junto con Chamaco y Talco, que Sarraín llevara a escena con anterioridad para disfrute del público miamense.

La pieza tiene lugar en un ámbito violento y oscuro de la Cuba contemporánea, entre personajes a los que se niega toda esperanza y para los que la única puerta de salida es la fuga hacia lo desconocido. Lucía, la protagonista, es una jovencísima jinetera que ejerce el oficio para complacer a Rosnay, el hombre del que vive enamorada. Magda, la madre, una enfermera que explota a su hija, y Osmel, el hermano recién expulsado de la Escuela Militar Camilo Cienfuegos, completan el círculo familiar. Desde la periferia, testigos ignorantes del cruce de amores y desamores del cuarteto, otros dos caracteres se inmiscuyen en el camino de Lucía; son ellos Frank, un marginal de poca monta que paga por el cuerpo de la chica, y la vieja Higinia, quien vigila el destartalado cine del barrio en las madrugadas.

El sueño de Rosnay de escapar en lancha con rumbo a Estados Unidos en compañía de su novia, para establecerse ambos en el estado de Nevada, funciona como detonante de una tragedia en la que la única calidez proviene del tórrido invierno tropical, porque la batalla por la supervivencia ha invadido como nieve maligna la humanidad de aquellos que rodean a la pequeña prostituta, estableciendo reglas inmisericordes que convierten al hombre en el lobo del hombre.

La producción cuenta con un notable diseño escenográfico de Eddy Díaz Souza –que sugiere con unos pocos planos la sordidez de una calle, el apartamento de Rosnay y la vivienda que comparten Lucía y su madre–, en tanto el diseño de luces pertenece a Mario García Joya, y la banda sonora –que es puro bolero, como corresponde– corre a cargo de Daniel Correa.

En cuanto a la puesta de Sarraín, dentro del ritmo vigoroso que imprime a la historia, tres escenas sobresalen por su garra: aquella que ilustra la relación sadomasoquista de Magda y el joven amante; esa otra en la que Frank le niega el pago a Lucía, y la que se desarrolla entre Rosnay y Osmel. Sin embargo, creo que se abusa innecesariamente del recurso de las imágenes en pantalla; siento que el cuadro que cierra la obra debió subrayar el “congelamiento” de los personajes, su pavorosa elementalidad, y queda en cambio como un apéndice cuya falta de contundencia contrasta con la intensidad de la escena que la antecede, y, por último, la concepción superficial del personaje de Higinia –a cargo de Miriam Bermúdez– trivializa el contenido simbólico del personaje.

Liset Jiménez se mueve sobre las tablas con encanto y desenvoltura en el papel de Lucía; son excelentes las actuaciones de Pepe Ronda como Rosnay y Andy Barbosa como Osmel; Yvonne López Arenal borda cuidadosamente su Magda, y Carlos Alberto Pérez encarna un maligno Frank lleno de color.

Altamente recomendable, Nevada, con sus crudos diálogos y su pugna de corazones helados por el extremo desencanto, es sin lugar a dudas una de las piezas más contundentes del repertorio teatral miamense de este año.

Sunday, September 30, 2012

Estreno absoluto de "NEVADA" en Estados Unidos

 


Diseño de poster: Alvaro Martínez.

Estreno absoluto de "NEVADA" en Estados Unidos.


obra original de Abel González Melo
dirigida por Alberto Sarraín
Bajo la dirección de Alberto Sarraín tendrá lugar el estreno absoluto en Estados Unidos de la obra Nevada, del dramaturgo cubano Abel González Melo, el próximo sábado 13 de octubre de 2012 en la Sala Avellaneda, a las 8:30 pm. La obra está producida por Akuara Teatro, La Má Teodora y el Archivo Digital de Teatro Cubano de la Universidad de Miami, y las funciones se extenderán hasta finales de noviembre, de viernes a domingo.

Tras haber estrenado con gran éxito en Miami las piezas Chamaco y Talco, también de González Melo, Sarraín vuelve a la carga con esta conmovedora fábula de amor, dinero y muerte, ubicada en la Cuba contemporánea, que junto a los textos anteriores conforma la trilogía Fugas de invierno. En el prólogo a la edición de Nevada que con motivo del estreno ha preparado el Archivo Digital de Teatro Cubano, el teatrólogo Rodolfo de Puzo afirma: “la obra muestra una galería de personajes sacados de una Habana que sorprende con su oculta violencia, que nos golpea al hacernos parte de su sordidez”.

Nevada concentra toda la acción a lo largo de un día. En medio del asfixiante calor del invierno habanero, una muchacha se prostituye para mantener a su familia y hacer feliz a su novio. Ha llegado el momento de lograr el sueño perseguido por los jóvenes amantes: irse de Cuba hacia la Florida en una lancha, para finalmente llegar a Nevada. Pero una serie de coincidencias y perversidades les harán poner a prueba su amor y les obligarán a actuar de forma salvaje e inesperada.

El espectáculo cuenta en los roles protagónicos con las actrices Yvonne López Arenal y Liset Jiménez, en una cruda relación madre-hija. El elenco está compuesto también por los intérpretes Pepe Ronda, Andy Barbosa, Carlos Alberto Pérez y Miriam Bermúdez. El diseño de escenografía lo firma Eddy Díaz Souza, las luces de Mario García Joya, la banda sonora de Pepe Murrieta, Técnico de luces Rolando G. Santini y la asistencia de dirección es de José Antonio Orta. Daniel Correa ha tenido a su cargo el trabajo videográfico, todo el equipo bajo la dirección artística de Alberto Sarraín.

Lugar: Teatro Akuara, 4599 SW 75 Ave. Bird Road Arts District, Miami.
Horarios: Viernes y sábados 8:30 pm, Domingos 5 pm.
Información y reservaciones: 786-853-1283.
Boletos: Admisión general $20.00.
Estudiantes, Seniors y Grupos $15.00.

Monday, September 17, 2012

Falleció en La Habana, Armando Suárez del Villar


Falleció en La Habana, Armando Suárez del Villar. Destacado Profesor de Artes Escénicas. Máster en cubanía. Mito del Teatro Cubano. Suárez del Villar recibió el Premio Nacional de Teatro en el año 2010 por su labor en el rescate, investigación y puesta en escena del teatro clásico cubano, con estrenos fundamentales como Baltasar, La hija de las flores, El becerro de oro y La escuela de los parientes .

Trayectoria Artística

El Profesor Armando Suárez del Villar es un Mito del Teatro Cubano. Como profesor, su amor a la enseñanza lo ha llevado a trabajar con jóvenes actores. Su apellido nos remite a la historia. Sus abuelos figuran entre los que lucharon por liberar a Cuba de España: Suárez del Villar en Cienfuegos. Armando fue fundador al igual que su padre del Grupo Ateneo y después, junto a Isabel y Alberto Panelo, del Conjunto Dramático de Cienfuegos, fundador en un sentido más profundo, es aquel que propone ideas transformadoras. En su provincia montaba obras de teatro bufo que lo acreditaban como un apasionado de la cubanía. Le dedicó mucho tiempo al teatro del Siglo XIX en sus investigaciones. Tuvo una visión contemporánea, para su época renovadora, al montar obras de autores de ese siglo, que otros directores y críticos consideraban como simples tentativas de imitar a los poetas románticos españoles. Hacer relucir la autenticidad de lo cubano en El becerro de oro. La puesta en escena de la obra de Joaquín Lorenzo Luaces tuvo mucho éxito. El Conde Alarcos, de José Jacinto Milanés, logró convertirla de un melodrama de atmósfera medieval en una intensa tragedia. Más tarde, se adentró en la contemporaneidad con Carlos Felipe y Brene, y por supuesto, Virgilio Piñera. Con la Ópera Nacional de Cuba estrenó La Esclava, de Mauri. Por esto Armando es profesor de actuación y dirección de teatro en este centro de estudios. Obtuvo la distinción de Maestro de Juventudes otorgada por la FEU y ostenta una Mención de la Brigada Hermanos Saíz a la ópera Donde crezca el amor, de Ángel Quintero.

Premio Nacional de Teatro

En justo reconocimiento a la brillante labor teatral y a la formación de varias generaciones de artistas, el Consejo Nacional de las Artes Escénicas le otorgó el Premio Nacional de Teatro 2010 a Armando Suárez del Villar, figura ineludible de nuestras tablas y maestro vital de la escena.

ExDecano de la Facultad de Artes Escénicas del Instituto Superior de Arte (ISA), Suárez del Villar, quien también ostenta el Premio Nacional de la Enseñanza Artística 2008, se ha destacado en el rescate, la investigación y puesta en escena del teatro clásico cubano, así como en el desarrollo del género musical y lírico. Con la dirección de obras fundamentales como Baltasar, La hija de las flores, Santa Camila, Los Bufos, El becerro de oro, y El Conde Alarcos, entre otros, su nombre está vinculado al emblemático grupo Teatro Estudio, al Grupo Ateneo y al Conjunto Dramático de Cienfuegos, instituciones formadoras que marcaron pautas en el quehacer teatral de la Isla. El Jurado del Premio Nacional 2010 estuvo presidido por José Milián y valoró otras ocho nominaciones, provenientes de 32 instituciones. Además de Milián, Alina Rodríguez, Carlos Repilado, Xiomara Palacios, Iván Camejo, Bárbara Rivero y Patricio Wood decidieron que Suárez del Villar fuera el elegido entre los hermanos Nelson Dorr y Nicolás Dorr, Freddy Artíles, Adria Santana, Fátima Patterson, Ramiro Herrero Beatón, Roberto Fernández y Francisco «Pancho» García. Según el jurado, el responsable de recordadas puestas en escena como Baltasar, La hija de las flores, Santa Camila, El becerro de oro y la ópera trova Donde crezca el amor, por solo mencionar algunas, es «nuestro más aristocrático teatrista», avalado, además, por una larga y brillante trayectoria, en la que destaca su labor como investigador. Se enfatizó, asimismo, su preocupación por el desarrollo del género musical, por la protección y apoyo al humor y a su Centro Promotor, además de su quehacer como formador de varias generaciones de artistas escénicos desde su labor, por años, en el Instituto Superior de Arte.

Premios recibidos
    •    1995. Medalla "Alejo Carpentier"
    •    2008. Premio Nacional de Enseñanza Artística
    •    2010. Premio Nacional de Teatro

Saturday, September 15, 2012

Abelardo Estorino cumple su obsesión de montar obra inspirada en Pedro Páramo


Abelardo Estorino cumple su obsesión de montar obra inspirada en Pedro Páramo

 Ecos y murmullos de Comala, del dramaturgo cubano, culminó temporada en La Habana
Abelardo Estorino cumple su obsesión de montar obra inspirada en Pedro Páramo.

En la novela de Juan Rulfo la atmósfera es realmente apasionante, manifiesta a La Jornada
El misterio está en los saltos en el tiempo y en el espacio, dice el reconocido autor de 87 años
Gerardo Arreola
Corresponsal
Periódico La Jornada
Miércoles 12 de septiembre de 2012, p. 4.

La Habana, 11 de septiembre. Abelardo Estorino, el más importante autor teatral vivo de Cuba, estaba obsesionado con llevar Pedro Páramo a un escenario.

Al final lo logró. Acaba de concluir una temporada de cinco semanas de su más reciente obra, Ecos y murmullos de Comala, basada en la obra de Juan Rulfo, con la compañía Hubert de Blanck.
Ligero de movimientos a sus 87 años, Estorino tiene que subir todos los días una escalera larga y empinada para llegar a su casa, lo cual asume como su cuota de ejercicio. Pero dice a La Jornada que terminó agotado después de dirigir él mismo la puesta en escena, con 16 actores.

En Pedro Páramo la atmósfera es realmente apasionante, explica el autor. “Es lo más alejado del teatro que se pueda ver, pero yo traté por todos los medios de que fuera fácil de llegar al espectador. En el libro a veces uno no sabe exactamente quién está narrando, pero después se da cuenta. Uno puede en el libro volver atrás y decir: ‘Ah, bueno, es fulano de tal’. Pero eso el espectador no puede hacerlo.
Yo podía haberlo hecho lineal, pero entonces no era Rulfo. No habría ese dislocamiento, que es donde está el misterio de la obra, el saber qué es lo que pasa, adónde va a llegar, los saltos en el tiempo y en el espacio.

Mientras transcurre la escena de Ecos y murmullos…en primer plano, atrás queda un coro en la sombra. El diseño de luces y un vestuario sutil –trabajo de Carlos Repilado– forman parte de la construcción de una atmósfera mágica. La coreografía es de Iván Tenorio y la música de Ulises Hernández.
El dramaturgo considera que el coro es esencial. Me parece que son muy rulfianos los rumores. Él habla mucho de rumores y de ecos. Me parecía que era importante y además me ayudaba a narrar.
Yo creo que Rulfo y todo el mundo que lo estudia dice que esa es una obra sobre el pueblo. Es decir que no es una obra basada en un personaje principal, sino que las voces del pueblo son importantes y me parece que eso se logra con los ecos, con los conjuntos.

Estorino recuerda que su pieza La dolorosa historia del amor secreto de don José Jacinto Milanés (1973), sobre ese poeta cubano del siglo XIX, tiene un puente de conexión con Rulfo.
“Lo que hay de común en las obras es que la historia está contada después de la muerte del personaje. Milanés viene traído a escena por un mendigo que lo azota para hacerlo hablar y a partir de ahí empieza a contar la historia de su vida.

“Esto es diferente, porque (en Pedro Páramo) Juan Preciado llega vivo a ese pueblo, aunque hay personas que dicen que no, que Juan Preciado también estaba muerto. Pero yo creo que estaba vivo y se va asombrando al ir encontrando que todo el mundo está muerto”.

Juan R. Amán había hecho una versión anterior de Pedro Páramo en Cuba, con la Compañía de Teatro Irrumpe, en 1994.

Estorino, premio nacional de teatro y de literatura, miembro de la Academia Cubana de la Lengua y ex becario Guggenheim, aún trabaja en su texto. Lo revisa y retoca para publicarlo. Ha cambiado escenas, corrige detalles que le brincaron en el escenario. Quiero arreglar todo eso, para dejarlo lo más definitivo posible.

Entre numerosos volúmenes sobre Rulfo y la novela, tiene a la mano un par de ejemplares de Pedro Páramo, uno de ellos ya partido en dos, ennegrecido por las notas al margen. Es la primera edición cubana (1968), con el sello de Casa de las Américas.

Torrencial el día del estreno

Estorino nunca conoció a Rulfo. El autor de El llano en llamas vino a Cuba en 1975, en la comitiva del presidente Luis Echeverría, pero no se le recuerda en actividades fuera de las oficiales. La Casa de las Américas, la editorial Planeta y la Secretaría de Cultura del estado de Michoacán –entre otras instituciones de esa entidad– publicaron en 2006 una coedición de la novela y el libro de cuentos del mexicano.

Con una obra difícil de traducir a las tablas, el autor confiesa que pensó alguna vez que quizá su trabajo no se conectaría con el público. Después de esta temporada cree que llegó al espectador interesado e inteligente.

Estorino sonríe al recordar que su obra salió a escena en medio de una atmósfera sombría. El estreno coincidió con un aguacero torrencial que estremeció a la ciudad y a los pocos días pasó la tormenta tropical Isaac. Fueron noches de calles desiertas, en las que apenas los perros callejeros doblaban en las esquinas.